La honestidad no puede consentir nunca que se diga algo falso; por el contrario, según el consejo de san Pablo, exige que al hablar al prójimo, todos digan la verdad. Siguiendo el parecer del Sabio, nos presenta la mentira como mancha vergonzosa en el hombre; y la vida de los mentirosos, como vida sin honor, a la que siempre acompaña la vergüenza. Puesto que la mentira es algo tan vergonzoso, todo lo que a ella se aproxima, por poco que sea, es del todo contrario a la cortesía. Por tanto, cuando nos preguntan o cuando hablamos a alguien, no es educado decirle palabras equívocas o de doble sentido; de ordinario, cuando parece que no se puede decir simplemente la verdad o lo que se piensa, es más apropiado excusarse cortésmente que proceder con doblez en las palabras. Hay que ser particularmente muy circunspecto en las palabras cuando alguien nos ha confiado algún secreto. Sería gran imprudencia descubrirlo, aun cuando recomendáramos a nuestro interlocutor que no se lo diga a nadie, y aunque quien nos lo comunicó no nos hubiera encargado no decirlo a nadie. Cuando se está en grupo, es de muy mal gusto hablar a una persona en particular y servirse de expresiones que los demás no entiendan. Siempre hay que compartir con todos los del grupo lo que se dice. Si se tiene que decir algo secreto a alguien, hay que esperar para ello a estar solos; y si el asunto urge, para decírselo hay que retirarse a algún sitio del lugar donde se está, después de haber pedido permiso a los del grupo. Como a menudo sucede que se dan noticias que son falsas, hay que tener sumo cuidado de no creerlas fácilmente, a menos que se conozcan de buena fuente o que se esté muy seguro de que son ciertas. Así como que es propio de la honestidad ser fiel a la palabra dada, también es gran imprudencia comprometerse a la ligera y sin haber pensado bien antes si se podrá realizar fácilmente. Por eso nunca se debe hacer ninguna promesa de la que no se hayan sopesado las consecuencias, y sin haber examinado cuidadosamente si no se lamentará después. Si ocurre que los otros no quieren creer lo que se dice, hay que evitar mucho molestarse por ello, y mucho más dejarse llevar a excesos de impaciencia, como proferir palabras duras o hacer reproches; pues quienes no se convencen con razones, mucho menos lo harán con la pasión.
S. Juan Bautista de La Salle, Obras Completas, v. II, p. 271-272.
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