San Juan Bosco Como el milagro es una obra que no puede proceder sino de Dios, nuestro divino Salvador, para demostrar al mundo que era hombre y Dios omnipotente, dio principio a su predicación obrando milagros. Cambia el agua en vino El primero tuvo lugar en Caná, pequeña ciudad de Galilea. Jesús había sido invitado para asistir con su madre a unas bodas, en la casa de personas al parecer no muy ricas, porque a mitad de la comida, faltó vino para los invitados. Compadecida María de ellos, dijo a Jesús: —“No tienen vino”. Jesús, que no niega nada a su Madre, dijo a los criados que llenasen de agua unas vasijas de piedra que allí estaban, y ellos las llenaron hasta el borde. Jesús añadió: —“Sacad ahora”. Sacaron y hallaron que se había cambiado en vino, y de mejor calidad que el que habían tomado. Este fue el primer milagro que obró Jesús, y por medio de él comenzó a manifestar su poder divino y a dar a conocer a todos cuán eficaz es la protección de María Santísima.
Tentación en el Desierto Aunque era Dios omnipotente, quiso Jesús, como hombre, sujetarse a las miserias de nuestra naturaleza. Después de recibir el bautismo, fue al desierto y allí pasó cuarenta días y cuarenta noches, dedicado a la oración y al ayuno, sin gustar cosa alguna; al fin tuvo hambre. Queriendo conocer el demonio si Jesús era el Mesías, se presentó ante Él y le dijo: —“Si tú eres el hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan”. Jesús rechazó la tentación con estas palabras: —“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda la palabra que sale de la boca de Dios”. Jesús permitió también que el demonio le llevara al pináculo del Templo, que era una especie de balcón que se hallaba en la parte más elevada de aquel sagrado edificio y daba a la plaza. El demonio, dudando aún de que Jesús fuera el Mesías, le dijo: —“Si tú eres hijo de Dios, arrójate abajo, porque escrito está que los ángeles te sostendrán, para que tu pie no tropiece en las piedras”. Jesús le contestó: —“No tientes al Señor, tu Dios”. Viéndose de este modo confundido, por segunda vez, llevó el demonio al Salvador a la cumbre de una elevada montaña, desde donde le mostró todos los reinos de la tierra en su mayor esplendor, y le dijo: —“Te daré todos los reinos del mundo si postrado me adorares”. —“Vete, Satanás —contestó Jesús—, porque escrito está: Adorarás a tu Dios y a Él sólo servirás”. No pudiendo ocultar su vergüenza, huyó el demonio. En ese mismo momento se presentó a Jesús una multitud de ángeles, que le sirvió lo que necesitaba para alimentarse. Si alguien quisiera darnos todo el mundo para inducirnos a adorar a Satanás, es decir, a cometer un solo pecado, rechacemos con horror cualquier ofrecimiento.
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