Estimados amigos: “Todos los días hablamos de María; nos congregamos alrededor de sus altares; nos gloriamos de ser sus hijos y de formar parte de asociaciones más específicamente consagradas a su culto; pero apenas la conocemos ni sospechamos lo que ella es para Dios y para nosotros en el orden de la fe. ¡Cuántos cristianos a los que la augusta Virgen podría dirigir el reproche que el Señor le hacía antaño a su pueblo por boca de Isaías: El buey conoce a su amo y el asno su pesebre, pero Israel no me ha conocido ni mi pueblo me ha comprendido! (1, 3)”. Estas palabras, que hoy nos interpelan, fueron escritas hacia el fin de su vida por el beato Guillermo José Chaminade (1761-1850), fundador de la Société de Marie (Marianistas). Un siglo después, para difundir el conocimiento de la Virgen, un discípulo suyo, el sacerdote francés Émile Neubert (1878-1967), maestro de novicios en Estados Unidos, rector del seminario de Friburgo y renombrado teólogo, escribió diversos tratados y folletos de mariología. Obra maestra de su pluma, María en el Dogma fue publicado originalmente en 1945, bajo el título Marie dans le dogme. Años atrás, Tesoros de la Fe transcribió algunos trechos de los primeros capítulos del libro (n.º 197, mayo de 2018), sobre la Maternidad Divina, grandeza fundamental de la Madre de Dios. En esta oportunidad reproducimos íntegramente el capítulo dedicado a exaltar la Virginidad de María Santísima. El texto resulta imprescindible para comprender a cabalidad lo que aprendimos en el catecismo, es decir, que María: “fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre”, según la expresión elocuente de san Agustín (Sermo 186, 1). Proporcionando sólidos argumentos para fortificar nuestra fe, transmitirla al prójimo y defenderla de los errores que rondan hasta dentro de los templos. En Jesús y María, El Director
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¡Ave Maria, gratia plena! |
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Santa Teresa de Lisieux Pionera de la “pequeña vía” Para un lector superficial de la Historia de un Alma, santa Teresita (1873-1897) fue una “santita” que vivió en un mar de rosas y apenas tuvo la desdicha de perder a su madre a los cuatro años de edad y de morir prematuramente. La iconografía romántica enfatiza esta idea presentándola como una monjita buena, sonrojada y risueña, sosteniendo un crucifijo y un mazo de rosas; una caricatura edulcorada, que más favorece a una piedad falsa y sentimental. Lo cual contrasta totalmente con las fotografías auténticas que de ella poseemos... |
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