Vidas de Santos Santa María Soledad Torres Acosta

Fundadora de las Siervas de María,
Ministras de los Enfermos

Pablo Luis Fandiño

Estatua de santa María Soledad Torres Acosta
(1826-1887), fundadora de las Siervas de María,
Ministras de los Enfermos, que se encuentra en el
exterior de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano

El siglo XIX en España estuvo marcado por numerosos conflictos: la invasión napoleónica de la península ibérica, la inestabilidad política caracterizada por la alternancia de gobiernos liberales y conservadores, constantes guerras fratricidas, la persecución religiosa que condujo a la confiscación de bienes eclesiásticos y la implantación de leyes anticlericales, así como una aguda crisis económica derivada de la independencia de las naciones americanas.

Ello no fue obstáculo para que la Providencia suscitara grandes vocaciones como la de san Antonio María Claret, arzobispo de Santiago de Cuba y fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, y la de santa Teresa de Jesús Jornet, fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.

Entre las virtuosas mujeres españolas que en aquel aciago siglo prestaron un heroico servicio al cuidado de los enfermos, destaca la figura de santa María Soledad, hija de Francisco Torres y Antonia Acosta, modestos comerciantes madrileños. Nació el 2 de diciembre de 1826.

“La niña que recibió en el bautismo el nombre de Manuela, era apacible y tan generosa que desde pequeña solía ocultar un poco de comida para repartirla entre los mendigos y estaba siempre más pronta a enseñar el catecismo a los niños pobres que a jugar con ellos”.1

Infancia y vocación religiosa

Desde muy temprano despertó en ella el ideal religioso. Su hermana Inocencia recordaba cómo la pequeña Manuela, enfermiza y frágil, buscaba refugio en la portería del convento dominico, donde permanecía absorta ante la imagen de la Virgen María.

Otro episodio infantil confirma su espiritualidad mariana: castigada por su madre tras un juego imprudente con su hermana, fue puesta de rodillas ante un cuadro de la Virgen Dolorosa y obligada a rezar tres avemarías. “Ya desde entonces —dijo la santa a un grupo de novicias— me creí con la obligación de rezar estas tres avemarías que mi madre me había impuesto, y más tarde rezaba siete en memoria de los siete Dolores; y así fui creciendo en la devoción a la Virgen de los Dolores, que ha sido la que más me ha llamado la atención, y la Virgen me lo ha recompensado; nunca le he pedido una gracia que no me la haya alcanzado”.2

La joven Manuela pensó ingresar en alguna comunidad religiosa, pero no lo consiguió y resolvió aguardar una señal más clara de la voluntad de Dios. Por fin, esta llegó el 15 de agosto de 1851, cuando se unió al grupo de siete mujeres fundado por el sacerdote servita Miguel Martínez Sanz, vicario parroquial en el barrio de Chamberí, quien había concebido la idea de una congregación femenina dedicada a asistir a los enfermos en sus hogares. Manuela escogió a partir de entonces el nombre de María Soledad, en homenaje a Nuestra Señora de la Soledad.

Plaza de Santa María Soledad Torres Acosta en el centro de Madrid; a la derecha, la iglesia de San Martín de Tours

Lucha contra todo tipo de adversidades

Aunque no escasearon las dificultades tanto internas como externas, la floreciente congregación fue creciendo. Cinco años después de la fundación, el padre Miguel fue nombrado prefecto apostólico por la Sagrada Congregación de Propaganda Fide y partió a la isla de Fernando Poo (hoy Bioko), situada en el golfo de Guinea en África, con la mitad de los miembros para establecer ahí una nueva congregación. María Soledad quedó como superiora de las seis religiosas de la casa de Madrid. En cierto momento pareció que la naciente comunidad iba a disolverse, pero gracias a la intervención del sacerdote agustino fray Gabino Sánchez, la fundadora obtuvo el valioso apoyo de la reina Isabel II, quedando así disipada la tormenta.

Santa María Soledad Torres Acosta

En 1861, otro agustino, el padre Ángel Barra, fue nombrado director superior de las Siervas de María.

En sus primeros años al frente de la congregación, la madre Soledad tuvo que superar la desconfianza y las tensiones con algunos miembros del clero, que cuestionaban la novedad y el alcance de su obra, especialmente por el hecho de que las Siervas de María atendían a los enfermos en sus domicilios, una labor poco común para mujeres religiosas en aquella época. Además, la situación política en España, marcada por la inestabilidad y los conflictos entre el Estado y la Iglesia, generó obstáculos para la expansión y reconocimiento oficial de la congregación.

Las hijas de la madre Soledad fueron estimadas por su espíritu de caridad y sacrificio, especialmente en tiempos de epidemias, como la del cólera morbo de 1865. Cuando incluso los familiares se alejaban de los enfermos por miedo al contagio, ellas permanecían a su lado hasta el final, amortajándolos y preparándolos para la sepultura. Muchas siervas dieron su vida en este heroico servicio.

El año 1872, ocupando el trono español Amadeo I, el aya del príncipe Manuel Filiberto se enfermó y la reina María Victoria solicitó a una hermana para asistirla. Sor Presentación Alonso había concluido su asistencia a un pobre que vivía en una buhardilla, y la madre Soledad le asignó esta nueva tarea diciendo: “Anda, hija, vas al palacio real. Así son las Siervas de María; unas veces en las buhardillas y otras en los palacios”.

Poco después, una parte de las religiosas se independizó de la madre superiora para formar otro instituto. Desgraciadamente, “no faltaron entonces las acusaciones tan comunes en la vida de las fundadoras de congregaciones religiosas”. Según la expresión de una de sus discípulas, santa María Soledad era como “el yunque sobre el que se descargan todos los golpes”. La Providencia recompensó la paciencia de su sierva concediéndole, en 1875, la alegría de ver su congregación extenderse hasta Santiago de Cuba.

Iglesia de la Virgen de la Salud y convento de las
Siervas de María en San Isidro, Lima

Las reglas de la congregación fueron aprobadas por el cardenal arzobispo de Toledo, Cirilo de Alameda y Brea, el 12 de enero de 1867, y la Santa Sede expidió el decretum laudis (decreto de alabanza) el 18 de setiembre de aquel mismo año. “El 11 de julio de 1876, el Papa Pío IX aprobó y confirmó como congregación religiosa lo que hasta ese momento era solamente una asociación piadosa de mujeres o beaterio”.3

A partir de entonces, el desarrollo de la obra se acelera: las casas y hospitales de la congregación surgieron en casi todas las provincias de España y ese período de expansión termina el año 1878, cuando se les confía el antiguo hospital de San Carlos de San Lorenzo de El Escorial.

Conversiones y espiritualidad

Las Siervas de María se caracterizaron no solo por la atención de los cuerpos, sino también por la salvación de las almas. Fue incontable el número de conversiones alcanzadas. Monserrat Núñez narra el siguiente caso:

“Cansada venía de una asistencia de veintiún días la hermana Buen Suceso Fernández. Al llegar ya a la vista de la casa, observó que la madre Soledad estaba en la puerta, hablando con una señora. Apenas vio la madre Soledad a la hermana, le dijo: ‘Mira, hija, te vas a ir con esta pobre señora, que se le está muriendo su esposo’. Había pedido una sierva esta afligida señora y… ¡todas estaban asistiendo! La madre aconsejó a la señora que se fuese a las religiosas de la Esperanza, a lo que ella no accedió; por lo cual la bondadosa superiora, le dijo: ‘Pues esperemos a la puerta y la primera hermana que llegue se irá con usted’.

Altar donde reposan los restos mortales de
santa María Soledad Torres Acosta

“¿Conocía la Madre la necesidad de asistencia que en aquella casa había? Reñido con su esposa el enfermo, sin haberse confesado en cerca de cuarenta años, ni quería recibir a aquella a su lado, ni se preocupaba de morir sin sacramentos. La sierva, con una prudencia muy recomendable y dirigida por la madre Soledad, le fue preparando insensiblemente. En nombre de nuestra Señora del Carmen le propuso que se confesara, mandó llamar al sacerdote e hizo que estuviera preparada y cerca la afligida esposa.

“Se confesó el enfermo, se reconcilió con su consorte y entregó tranquilamente su alma en manos del Creador. Cuando conté a nuestra Madre todo lo que acabo de escribir, no sabía cómo dar gracias a Dios, y llena de emoción me decía: ‘Hija, Dios nuestro Señor fue el que nos inspiró hiciéramos esto, porque quería salvar esa alma’”.4

La madre Soledad fue una mujer profundamente espiritual. Su devoción a la Sagrada Eucaristía y a la Santísima Virgen marcó toda su vida. Promovía la oración constante y la confianza en la providencia divina. Se le atribuyen dones sobrenaturales como profecía, conocimiento interior, curaciones y conversiones. Su vida estuvo impregnada de una visión sobrenatural: veía en cada enfermo el rostro de Cristo padeciente y en cada servicio un acto de amor a Dios. La devoción a la Virgen de la Salud y a las almas del purgatorio también formó parte de su espiritualidad.

Santa muerte y glorificación

Convento y capilla de las Siervas de María
en la Av. Ejército, Arequipa

El florecimiento de la congregación continuó durante los diez últimos años de la vida de María Soledad, que fueron extraordinariamente serenos. A fines de setiembre de 1887, la santa cayó enferma de pulmonía. El 8 de octubre, sus religiosas comprendieron que se acercaba su fin y le pidieron: “Madre, bendecidnos como san Francisco a sus hijos”. María Soledad movió la cabeza en señal de negativa; pero una de las religiosas la ayudó a erguirse un poco en el lecho, y entonces la fundadora dijo lentamente, al tiempo que alzaba la mano: “Hijas mías que tengáis paz y unión”.5

“Deseaba la madre Soledad ver antes de morir al padre Gabino, que no estaba en Madrid. ‘El vendrá antes que yo muera’, dijo ella con toda seguridad. Y así sucedió. … Este le aplicó la indulgencia plenaria y la bendición de Su Santidad … Su muerte fue tranquila: exhaló con rostro apacible y risueño su último aliento el martes 11 de octubre de 1887”.6

A la muerte de María Soledad había 46 casas fundadas. Ella fue durante siete lustros la directora, la guía y la inspiradora de las Siervas de María. Bajo su conducción, “la pequeña semilla de las seis primeras religiosas había producido una congregación floreciente, bien disciplinada, muy efectiva y profundamente fervorosa”. La obra seguiría extendiéndose después del fallecimiento de la madre Soledad, por Europa y América.

Sus hijas en el Perú

Las Siervas de María llegaron al Perú entrado el siglo XX gracias a las gestiones de los condes de Mimbela, que se entrevistaron en Madrid con la madre generala Fernanda Iribarren, poniendo sus personas y su fortuna al servicio de la fundación que tuvo lugar el 19 de abril de 1922. Un grupo de diez religiosas se instalaron en Lima teniendo a la madre Camino Balda como superiora. Y en 1934 otras seis religiosas, bajo la dirección de la madre Celia Carbó, lo hicieron en Arequipa. Sus casas se ubican en la calle Las Camelias 350-356, San Isidro, Lima, y en la Av. Ejército 103, Yanahuara, Arequipa.

Nuestra Santa Madre Iglesia, que reconoce la fe y entrega de sus hijos, elevó a la madre María Soledad Torres Acosta a la gloria de los altares: fue beatificada el 5 de febrero de 1950 por el Papa Pío XII y canonizada el 25 de enero de 1970 por el Papa Paulo VI.  

 

 

Notas.-

1. Albán Butler, Vidas de los Santos, Alexandriae, México, 1965, t. IV, p. 92.
2. Juan Antonio Zugasti, La madre Soledad Torres Acosta y el instituto de las siervas de María: estudio histórico, Secretariado trinitario, Salamanca, 1978, p. 32.
3. P. Ángel Peña Benito O.A.R., Santa Soledad Torres Acosta y las Ministras de los Enfermos, Agustinos Recoletos, Lima, 2007, p. 61.
4. Massimiliano Taroni, Santa María Soledad Torres Acosta, Editrice Velar, Gorle, 2011, p. 43.
5. Butler, op. cit., t. IV, p. 93.
6. Zugasti, op. cit., p. 364-366.

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