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Plinio Corrêa de Oliveira
Desde un punto de vista meramente material, es decir, en cuanto al servicio que presta al cuerpo, el traje es un mero abrigo. A lo sumo se le puede reconocer la función de proteger un cierto pudor que brota de las profundidades del instinto. Pero quien reconoce que el hombre no es únicamente materia, sabe también que el traje no es solo un abrigo, sino que, según el orden natural de las cosas, debe prestar asimismo un servicio al espíritu. ¿Qué servicio? Por una propiedad que no es meramente convencional o imaginativa, sino que tiene sus raíces en la médula de la realidad, ciertas formas, ciertos colores, las cualidades de ciertos tejidos, producen en el hombre determinadas impresiones, que son más o menos las mismas para todos. Impresiones y, por tanto, estados de espíritu, actitudes mentales, en ciertos casos toda una inclinación de la personalidad. Precisamente este es uno de los fundamentos del arte. Así puede el hombre, por medio del traje, expresar hasta cierto punto su personalidad moral, lo que se advierte con facilidad en el vestuario femenino, tan capaz de reflejar el carácter de la mujer. El traje profesional tiende a expresar, más que la forma de ser de un individuo, la psicología propia de la profesión: será sobrio como una sotana de sacerdote, grave como una toga de un juez, imponente como un manto real, etc. Cuando una época se preocupa por elevar al hombre y tiene sed de dignidad, de grandeza, de seriedad, dispone el vestuario —común o profesional— de manera que acentúe en cada persona la impresión de tales valores. Será o tenderá a ser noble, digno, varonil, el traje de todo hombre, desde el soberano hasta el último plebeyo. Es lo que se puede apreciar en los trajes antiguos. Publicamos aquí la fotografía de un simple conserje del Banco de Inglaterra, ataviado con su traje tradicional. Sería imposible expresar y valorar mejor la modesta pero real parcela de responsabilidad y autoridad que su cargo, humilde pero honesto, posee. * * *
La segunda fotografía presenta a dos de nuestros contemporáneos vestidos como lo están habitualmente, en las playas y en los campos de ciertos países, hombres de categoría que se precian de estar al día con el “progreso”. Estos trajes, como es sabido, tienden a invadir toda la vida: ya son francamente admitidos en el uso corriente en muchas ciudades. ¿Qué mentalidad revelan estos trajes? Todo cuanto se pueda tolerar tal vez en un niño… nada más. ¿Qué oportunidad ofrecen ellos para reflejar lo que el alma de un hombre bien formado debe traslucir —sea de cualquier clase social—, esto es, gravedad, sentido de responsabilidad, elevación de espíritu? La respuesta es obvia. “Dime cómo te vistes, y te diré quién eres”. Esta máxima, tantas veces errada si la fuésemos a aplicar a cada persona individualmente considerada, resulta muy verdadera para las diversas épocas de la historia. Dos tipos de vestuario, dos mentalidades, dos estilos de vida. ¡Qué diferencia! ¿Y quién se atrevería a decir que fue una mejora?
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Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico |
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