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Plinio Corrêa de Oliveira
Vamos a analizar unos dibujos de un antiguo número del semanario francés L’Illustration con escenas de la Belle Époque. Este fue un periodo festivo, alegre y brillante de la vida social, que concluyó con la Primera Guerra Mundial. Antes de comenzar, sin embargo, parece necesaria una explicación. Aquella época se caracterizó, en comparación con la actual, por la diferencia de actitudes de los personajes, en la vestimenta, en la decoración, en los estilos de vida y, por consiguiente, en la mentalidad de esos mismos personajes. Las actitudes, la vestimenta, etc., valen en sí mismos, pero sobre todo en cuanto expresión de una mentalidad. Cuando todo esto cambia es porque la mentalidad ha cambiado. La mentalidad anterior se caracterizaba por la persuasión de que la vida no existe únicamente para su sentido práctico: no existe solo para que la persona se cuide a sí misma y prolongue su propia existencia, evite las enfermedades que pueden tornarla incómoda y gane dinero para hacerla divertida. La vida no existe únicamente para el placer; ella es el universo, y la existencia del hombre dentro de ese universo lo sitúa, en mayor o menor medida, como si estuviera en un teatro para asistir a una gran puesta en escena. Todos participan en el gran teatro del mundo Imaginemos una escena teatral fabulosamente grande, en la que la inmensa mayoría de los presentes entra de vez en cuando en escena, interpreta un papel —más o menos auxiliar— y sale de ella. Después, continúa asistiendo a la obra desde fuera del escenario.
Todos son artistas de la enorme representación que contemplan, todos forman parte del argumento. Incluso los personajes más secundarios, de vez en cuando entran en la escena para ejercer su papel y luego vuelven a salir, y se sientan en la platea. Ellos representan algo, aunque sea como actores anónimos de una multitud que aplaude o de una multitud que abuchea; de una multitud que bosteza o de una multitud indiferente. Sea cual fuere la situación, todos condicionan en algo la escena: en ciertos momentos entran en la representación y después regresan a la platea. Dichosos aquellos a quienes la Santísima Virgen suscita para, de vez en cuando, entrar en la escena y ejercer un papel en defensa de la civilización cristiana. El individuo colocado en esta situación del hipotético teatro se ve llevado a preocuparse por el papel que debe desempeñar; pero como ese papel es pasajero y solo puede ejercerlo bien si entiende la obra que se está representando, se ve obligado a prestar interés en la obra y hacer de ella su principal foco de atención. La vida hasta el final de la Belle Époque —y con mayor razón hasta la Edad Media— fue así desde que hubo almas verdaderamente cristianas sobre la faz de la tierra. También lo fue para quienes recibieron la revelación del Antiguo Testamento y eran justos conforme a la Ley de Dios, y lo será hasta que deje de haber hombres viviendo en la tierra, hasta el fin del mundo. Por su propia naturaleza, la vida es un escenario grandioso y un panorama inmenso, donde la persona contempla una gran puesta en escena que se desarrolla. Esa obra es muy clara cuando se le presta atención y se quiere entenderla; pero confusa y con aspectos hasta caóticos cuando no se la quiere comprender. Mientras tanto, la obra se va desarrollando de una forma u otra. Y en ese teatro, o somos espectadores que procuran entender el argumento, o somos actores que participan de él; aunque todo gire alrededor de la obra. Esta es la concepción de la vida que se advierte hasta el final de la Belle Époque. El individuo quiere ser el centro de todo
Concluida la Belle Époque, surge otra concepción de la vida. Es la del individuo que también se encuentra en el teatro imaginario y que, de vez en cuando, entra en la escena para interpretar un papel, pero ya no se preocupa por el conjunto de la obra: solo se preocupa de sí mismo. Se pregunta: “¿Qué tan cómoda es mi butaca? ¿Habrá algo qué comer? ¿Cómo llamo la atención del muchacho que vende caramelos, bombones y chocolates para satisfacer mi apetito? ¿Ese vecino está apoyando el codo en el brazo de mi butaca? ¿Tengo sueño? ¿Y si me estiro ahora y echo una siesta? ¿Y si me levanto y doy un paseo? ¿Cómo estoy ahora? ¿Qué estoy sintiendo, qué estoy queriendo? ¿Viviré mucho o moriré pronto? ¡Ay, ay, ay, no quiero morir! Algo me está doliendo, que me traigan un remedio...”. El individuo pasa a ser el centro del teatro y la obra se convierte para él en algo secundario. Los propios momentos en que entra en la escena para participar de la representación son fugaces y sin importancia. Lo esencial es él mismo, como el centro de la platea donde se encuentra y todo lo demás pasa a un segundo plano. De ahí surge el homo economicus, el homo medicalis; el hombre financiero: es decir, la era de Bíos, dios de la vida y de la salud; del hombre que solo quiere vivir placenteramente, durante mucho tiempo, al servicio de Bíos y de Mamón, el dios del dinero. Sus “adoradores” solo se interesan por la riqueza para hacer lo que les plazca. Fue un aspecto nuevo de la vida inaugurado de manera ostentosa y que se acentuó aún más luego de la Segunda Guerra Mundial. Así se extendió por el mundo entero el estilo American Way of Life: una forma de concebir la vida que se propagó por el mundo con El Divino Autor, creador del argumento de la historia La imaginaria pieza de teatro —por su argumento, por sus personajes y por su escenario— posee una grandeza inmensa que debería llevarnos a pensar en su Autor, que es Dios. El propio argumento nos habla de Él. El escenario mismo es imagen y semejanza del Autor. Los actores secundarios tienen todo su papel, e incluso todo su ser, planificado e intencionado por el Autor. La obra nos habla de Dios, y en cada cosa que se contempla en el panorama, en los hombres y en el desarrollo del argumento —es decir, en el curso de la historia— se encuentra algo bien interpretado que nos habla de Dios. Dios victorioso y resplandeciente. Pero también Dios castigado y perseguido, como en el caso del Hijo de Dios clamando desde lo alto de la Cruz: Elí, Elí, lemá sabaktaní [frase en arameo que significa: “Dios mio, Dios mio, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)]. Asimismo, Dios que castiga en las catástrofes estrepitosas que Él permite. Dios que restaura en las auroras de las grandes épocas históricas, en las que fue marcando toda la historia, y en torno a cuyo eje se encuentra la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Esta es la visión que la metáfora de la pieza teatral nos proporciona. Es evidente que abstraerse de la obra es, en el fondo, abstraerse de Dios. Sería una forma de ateísmo práctico. El individuo vive y siente como ateo, aun cuando rece cada noche. Es un ateísmo efectivo, concreto, más o menos subconsciente, que va corroyendo el sentido sobrenatural, va carcomiendo la fe, hasta el momento en que el individuo se vuelve de hecho ateo. La hollywoodización fue, en este sentido, la preparación para la comunización en los países occidentales. En nuestras naciones, los círculos más dominados por ese estilo de vida son aquellos donde menos reacción anticomunista existe. El anticomunismo es escaso porque no tienen voluntad de intervenir en la obra: no están en contra de nada, están a favor de sí mismos. Mientras nosotros rebosamos del deseo de intervenir en la pieza de teatro para llevar a cabo los designios del Divino Autor, ellos por el contrario buscan desaparecer de la escena.
Decadencia de la humanidad después de la Primera Guerra Mundial En la Belle Époque, al igual que en épocas anteriores, se adoptaba ante los hechos históricos una actitud proporcionada a la esencia del acontecimiento. Y cuando se producían sucesos muy graves, las personas asumían actitudes graves acordes con el hecho. La consagración de un obispo, la ordenación de un sacerdote, la primera comunión de un niño, la investidura y coronación de un Papa, etc., todo ello era sumamente solemne y requería esplendor, nobleza, pompa y lujo. Requería, sobre todo, una profunda compenetración en la gravedad y el esplendor de lo que estaba ocurriendo. De ahí las actitudes y posturas especiales, etc. La Primera Guerra Mundial concluye y llega la ola de la “americanización”. La gran nación vencedora fue Estados Unidos: en la apariencia, Francia e Inglaterra vencieron a Alemania; en el fondo, Norteamérica de alguna manera aplastó a Europa, económica y políticamente. ¿Y cuál es el resultado? —Todo decae. La persona solo está en la escena pensando en sí misma. Por ejemplo, en una misa por el mes del fallecimiento de un pariente o amigo, ya no se piensa en el Santo Sacrificio de la Misa, ni en el alma del difunto, ni en lo augusto y trágico de la muerte, sino en cuánto tiempo durará la ceremonia, si el sacerdote no se retrasará, si perderá el metro, el ómnibus o el avión, si llegará tarde a la cita en tal banco donde debe tratar un asunto. Se preocupa porque no consiguió asiento, que le duelen los pies; se inclina de un lado a otro porque la misa se prolonga demasiado; luego se precipita hacia la fila de pésames para salir más rápido, etc. Solo piensa en pequeñeces y no en el significado de la misa. Gradual desaparición del luto y la falta de seriedad
Algunos ejemplos. Antes de la Primera Guerra Mundial, las viudas vestían de luto con un velo negro semitransparente; muchos vestidos eran confeccionados en raso y llegaban hasta las rodillas. En las iglesias, los catafalcos eran altos; hoy no son más que un paño negro extendido en el suelo. En las solemnidades de la misa del mes, el sacerdote incensaba el catafalco y cantaba: Requiem aeternam dona eis, Domine (Concédele el descanso eterno, Señor), recordando que el alma del difunto podría estar sufriendo en el purgatorio; luego cantaba: Et lux perpetua luceat eis (Y que la luz perpetua lo ilumine); y terminaba con: Requiescat in pace (que descanse en paz). Más tarde, aunque no era muy canónico, se tocaba una marcha fúnebre, a menudo la de Chopin. Todo esto fue desapareciendo. Hoy en día casi nadie guarda luto. Se lleva el cadáver al velatorio y luego al cementerio o al crematorio. Antiguamente era una cuestión de honor velar al difunto en casa, donde recibía la última despedida. Al cerrar el ataúd, todos los miembros de la familia lo besaban; la viuda se acercaba sollozando, sostenida por sus familiares; si se trataba de un viudo, este se acercaba solemnemente, con lágrimas en los ojos. Esa solemnidad ya no existe. Actualmente se embarca el cadáver en una especie de camioneta y se lo conduce al cementerio, donde incluso se venden gaseosas, etc. ¿Por qué? Porque los ritos han perdido su significado. Ante la circunstancia de que estos ritos han perdido su significado, hay cosas que debemos tener en cuenta. Para nosotros, los ritos continúan teniendo significado, y debemos ser muy cuidadosos al participar en ellos —como en un funeral— de modo que se entienda que poseen un sentido profundo. Nuestra presencia pública debe dar siempre a entender que estamos impregnados de una fe muy fuerte y de las virtudes cardinales [prudencia, justicia, fortaleza y templanza]. Cuando alguien trata con uno de nosotros, debe percibir esa impresión: que pensamos seriamente en la vida después de la muerte, todo según las normas del sentido común y la razón. Uno debe mostrarse firme, pero agradable en el trato con los demás, quienes pensarán: “Debe ser difícil enfrentarse con él, pues no solo tiene fuerza, sino también mesura, tacto y sentido diplomático”.
* Extractos de una conferencia en São Paulo, 21 de noviembre de 1980
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