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Extractos del libro octavo (El Triunfo) de la célebre obra R. P. Augustin Berthe, C.Ss.R.
A despecho del Sanedrín y de sus reiteradas prohibiciones, los apóstoles continuaron predicando a Jesús resucitado, lo que acarreó una persecución sangrienta que duró tres años. El diácono Esteban, poderoso en obras y en palabras, después de confundir a todos los doctores de la ley, fue acusado de blasfemia y lapidado por el pueblo. Pero, en lugar de detener los progresos de la Iglesia, la sangre de este primer mártir fue semilla fecunda de cristianos. Mientras que los apóstoles defendían en Jerusalén el rebaño de Cristo, un gran número de discípulos se esparcieron por las provincias y formaron nuevas comunidades, en Judea, en Samaria, en Galilea y hasta en Cesarea y Damasco. Jesús desconcertaba a los fariseos En vista de este resultado, la cólera de los perseguidores no reconoció límites. Un fariseo llamado Saulo, hombre de gran inteligencia y de indomable energía, se propuso arruinar la Iglesia de Dios. No respirando sino amenazas y muerte, iba un día a Damasco para encadenar y traer a Jerusalén a los discípulos del Crucificado. Pero, he aquí que al acercarse a la ciudad, se ve de repente rodeado de una luz celestial y cae en el camino como herido por el rayo. Luego, oye una voz que le dice: —“Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?” —“¿Quién eres tú, Señor?”, preguntó él. —“Soy Jesús a quien tú persigues”, respondió la voz. —“Señor ¿qué quieres que haga?” (Hch 9, 3-6). Y Saulo se transforma en el apóstol Pablo, el convertidor de las naciones. Jesús se burlaba de los fariseos: les tomaba sus mejores adeptos para hacer de ellos sus mejores soldados. Expansión de los primeros cristianos Después de tres años de persecución, la Iglesia respiró un instante, gracias a la desaparición de los deicidas más renombrados. El gran sacerdote Caifás, desposeído del soberano pontificado, se mató desesperado. Anás, su suegro, se desembarazó igualmente de sus remordimientos y deshonor por un cobarde suicidio. Pilatos, destituido por el emperador y desterrado a Viena en las Galias, se dio también la muerte. Estos tres principales actores en el drama del Calvario, perecieron como el traidor de quien el Señor había dicho: “Más le valdría no haber nacido”. Pedro aprovechó aquellos días de paz para hacer la visita de su rebaño. En el libro de los Hechos se le ve predicando y obrando prodigios en Lyda, Sarón, Jope, en Cesarea donde bautiza al centurión Cornelio y a toda su familia. Luego, resuelto a llevar el Evangelio a las naciones, deja a Jerusalén y se dirige a Antioquía, la metrópoli del Oriente, donde fija su sede durante siete años. Esta ciudad de quinientas mil almas vino a ser el centro de una Iglesia floreciente y allí fue donde los discípulos de Cristo tomaron el nombre de Cristianos (Hch 9, 31-35). El reino de Jesús había hecho en dos años inmensos progresos. De la Palestina había pasado a la Siria y de aquí al Ponto, la Bitinia, la Capadocia, la Galacia y otras provincias del Asia Menor. Los jefes de los judíos quisieron detener a toda costa la expansión del cristianismo. El año 42, estalló una nueva persecución. El sobrino de Herodes, Agripa, hecho rey de Judea, se hizo el verdugo de los cristianos. Muchos fueron encarcelados.
Las persecuciones extendieron aún más el Evangelio Santiago el Mayor, hermano de Juan, fue decapitado; Pedro, vuelto de Antioquía para hacer frente a la tempestad, arrojado a un calabozo. Habiéndole arrestado el primer día de los ázimos, el rey hizo anunciar que el reo sería decapitado ante todo el pueblo inmediatamente después de la fiesta de Pascua. Pero un ángel del cielo enviado por Jesús, despertó a Pedro en su prisión, le abrió las puertas y le condujo fuera de Jerusalén. Al día siguiente, Agripa solo encontró las cadenas del apóstol. Huyó a Cesárea para ocultar allí su vergüenza, pero Jesús le siguió a su refugio; atacado de una enfermedad mortal, el perseguidor expiró algunos días después. Esta segunda persecución tuvo por resultado que el reino de Dios se extendiera por el mundo entero. En aquel mismo año 42, estando la Iglesia sólidamente establecida en Jerusalén, en la Palestina, en Antioquía y en las comarcas circunvecinas, los apóstoles resolvieron dispersarse y llevar el Evangelio a las diversas naciones de la tierra. Pedro señaló a Matías la Cólquida, a Judas la Mesopotamia, a Simón la Libia, a Mateo la Etiopía, a Bartolomé la Armenia, a Tomás la India, a Felipe la Frigia, a Juan Éfeso. Pablo, el apóstol de las gentes, debía evangelizar el Asia Menor, la Macedonia y la Grecia. En cuanto a Pedro, tomó el camino de Roma, la ciudad de los Césares, de la cual Jesús quería hacer la ciudad de los pontífices. Santiago el Menor, llamado el justo, a causa de su gran santidad, gobernó en calidad de obispo de Jerusalén las cristiandades de Palestina. El apóstol san Pedro en Roma Partiendo a la conquista del mundo, los apóstoles llevaban consigo el Credo, símbolo de su fe, el Evangelio, resumen de la vida del Maestro y la Cruz, emblema de la redención. Eso bastaba para enseñar: Jesús que les acompañaba, se encargaría de vencer. En todas partes encontraron enemigos, especialmente entre los deicidas, enteramente decididos a exterminarlos; no obstante, establecieron por donde quiera y casi siempre al precio de su sangre, cristiandades florecientes. En Roma, Pedro se estableció en el Trastévere. Allí formó numerosos discípulos entre sus compatriotas y los romanos, si bien los fariseos empleaban todos los medios a su alcance para levantar al pueblo contra él. A fin de no llamar la atención de los romanos, se vio obligado a instalarse al otro lado del Tíber en el palacio del senador Prudente, uno de los primeros convertidos. Allí fue donde sentado en una silla de roble, convertida en la Cátedra de Pedro, hablaba de Jesús a la asamblea de los cristianos que aumentaba día a día. Desde allí envió a Marcos su fiel discípulo a fundar el patriarcado de Alejandría y a otros obispos a evangelizar las Galias. Conquistas del apóstol san Pablo
Los impíos se irritaban más aún contra el apóstol Pablo. En Asia Menor, en Macedonia, en Grecia, donde por largos años obró milagrosas conversiones, encontró la jauría furiosa. Le persiguieron de ciudad en ciudad, le denunciaron a las autoridades, le arrojaron de las sinagogas. Muchas veces fue flagelado, lapidado y dejado como muerto y cuando después de haber conquistado todo un mundo para el divino Maestro volvió a Jerusalén, sus compatriotas que le llamaban traidor y tránsfuga, se apoderaron de él, le flagelaron de nuevo, le abofetearon en plena sesión del Sanedrín y le habrían infaliblemente muerto si Pablo, en su calidad de ciudadano romano, no hubiese apelado al César. Conducido a Roma para justificarse de los crímenes que los fariseos le imputaban, encontró allí al apóstol Pedro, y ambos continuaron el curso de sus conquistas esperando el martirio. Irritado al ver multiplicarse las conversiones, el Sanedrín condenó a Santiago el Menor, obispo de Jerusalén, a muerte como seductor del pueblo. Fue apedreado por los escribas y fariseos cuya próxima ruina había predicho. Y de hecho, las profecías de Jesús iban a cumplirse. Desde hacía treinta años, los apóstoles no cesaban de llamar a Israel a la penitencia. En todas partes se dirigían al pueblo de la antigua alianza antes de evangelizar a los gentiles. Pablo deseaba ser anatematizado por causa de sus hermanos según la carne y estos, con pocas excepciones, respondían a sus exhortaciones con blasfemias y violencias. “Han dado muerte a Jesús y a sus profetas —clamaba el apóstol—; no han cesado de perseguirnos; ofenden a Dios y se constituyen en enemigos de la humanidad; nos impiden evangelizar a las naciones por el temor de que las naciones se salven; colman la medida de sus pecados. La cólera de Dios contra ellos llega a su término”. Nuevas conquistas y nuevas persecuciones En efecto, Jesús tenía el brazo levantado contra la ingrata y cruel Jerusalén. Los fieles señalaban con espanto, la aparición de los signos que, según la profecía del Salvador, debían preceder al gran cataclismo. “Ante todo —había dicho Él a los apóstoles— sabed que los fariseos os perseguirán, os flagelarán y os quitarán la vida. Falsos profetas y falsos mesías se esforzarán por seduciros”; y los judaizantes, los magos, los Simón, Menandro, Ebión, Cerinto, no cesaban de predicar sus errores. “El Evangelio será predicado en toda la tierra”; y, cosa increíble, Pablo podía escribir a los Colosenses: “El Evangelio ha sido predicado a todas las criaturas que hay bajo del cielo”. En conformidad con estas predicciones, desde muchos años, el hambre y la peste diezmaban las poblaciones en Palestina, en Italia, en Oriente; Asia, la Acaya, Macedonia, eran conmovidas por terremotos; las primeras erupciones del Vesubio destruían en parte a Herculano y Pompeya, y causaban tal pánico en Campania, que los habitantes enloquecían de espanto. El mundo romano entraba en convulsión a consecuencia de las guerras civiles suscitadas por los pretendientes al Imperio. La ciudad de Jerusalén que flageló a Cristo fue terriblemente flagelada Por lo demás, Dios mismo prodigaba los avisos a la ingrata Jerusalén. Según lo refieren igualmente los historiadores Flavio Josefo y Tácito 1, un cometa que tenía la forma de una espada, permaneció suspendido sobre la ciudad durante un año entero. Otras señales fueron vistas por el pueblo. La mayoría de sus habitantes nada vieron en aquellas señales del cielo. En el 66, se levantaron contra los romanos, abatieron las tropas acampadas en Jerusalén y pusieron fuego a la torre Antonia que servía de ciudadela a la guarnición. Alentados por este éxito, los patriotas de las provincias no tardaron en sublevarse y declararse libres. Esto era atraer sobre ellos el rayo y los cristianos no se engañaron. Viendo a la Judea en choque con el Imperio, bandas fanáticas establecidas en el recinto del templo, y la ciudad de Dios manchada por orgías y crímenes, se acordaron de las advertencias del Maestro: “Cuando veáis la abominación de la desolación en el lugar santo, huid con presteza”. Sin pérdida de tiempo, dejaron Jerusalén y la Judea; huyeron a las montañas más allá del Jordán y encontraron un refugio en la ciudad de Pella y los países vecinos. Así huyeron de Sodoma Lot y su familia antes de la lluvia de fuego que debía reducirla a cenizas. Era ya tiempo, porque al principio del 67, Vespasiano seguido de sus legiones vengadoras, se apoderó de las fortalezas galileas y los revoltosos fueron pasados a cuchillo. En pocos meses, dueño de todo el país, vino a acampar delante de Jerusalén donde se habían concentrado los patriotas escapados de las provincias, celadores, bandidos, sicarios decididos a derramar hasta su última gota de sangre sobre los atrios del templo. Gracias a las guerras civiles que trastornaron el imperio romano durante dos años, Vespasiano se vio obligado a diferir el sitio de la ciudad; pero en lugar de aprovechar este retardo, los bandidos que mandaban en el interior se disputaron a mano armada el poder supremo. Como urgían a Vespasiano para que saliera de la inacción, este respondió: “Dejadles despedazarse unos con otros. Dios es más diestro general que yo; me los entregará sin combate”.2 En 70, Vespasiano proclamado emperador, se dirigió a Roma y dejó a su hijo Tito encargado de proseguir las operaciones contra Jerusalén.
Castigo divino: el asedio y la destrucción de Jerusalén Estos dos años de calma relativa casi habían hecho olvidar el peligro exterior. Con ocasión de las fiestas pascuales, los peregrinos afluyeron a la ciudad santa, de manera que había dentro de sus muros un millón dos cientos mil judíos, cuando, de improviso, urgido Tito para terminar, apareció en la cima del monte de los Olivos; con sus legiones, sus máquinas de guerra, sus arietes, sus catapultas. Los sitiados se defendieron como leones, pero no pudieron impedir que los romanos penetrasen en las fortalezas de Bezetha y Acra, y construyesen, en solo tres días, una muralla de circunvalación que encerró a aquellos en los cuarteles elevados del templo y de Sión. Se cumplía exactamente la predicción de Jesús: “Vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te encerrarán y estrecharán por todos lados”. Entonces comenzó lo que Jesús llamaba la “grande angustia del país, la terrible cólera de Dios contra el pueblo”. A los horrores de la guerra vinieron a juntarse los del hambre. No obstante las inmensas provisiones de la ciudad, los víveres acabaron por faltar. Una medida de trigo se vendía a precio fabuloso. Insensibles a la miseria del pueblo, los jefes visitaban todas las casas para apoderarse de los víveres y distribuirlos a los soldados. Por esta causa, no se preparaba ya la comida. Cuando a precio de oro, se conseguían algunos granos de trigo, los devoraban en algún rincón apartado. Se arrebataba a los pobres hasta las uvas que, con peligro de su vida, salían a buscar durante la noche. Muchas veces estos pobres hambrientos eran cogidos por los romanos y crucificados como espías; de manera que alrededor del campamento se veía como una selva de cruces que recordaba a los deicidas la cruz del Hijo de Dios.3 Se veían hombres, mejor dicho, espectros, que se disputaban como unos furiosos, todo lo que tenía siquiera apariencia de alimento. Una mujer llamada María, refugiada en Jerusalén con su hijo pequeño, se vio despojada por los soldados de su dinero, alhajas y hasta de las hierbas o pajas que recogía para saciar su hambre. Encendida en cólera y loca de desesperación, degolló a su hijo, le puso a asar, comió una parte y guardó el resto. Atraídos por el olor de la carne asada, los bandidos la amenazaron de muerte si no entregaba los restos de su comida. “Aquí los tenéis —les dijo—, son los restos de mi hijo”. A pesar de su hambre y ferocidad, aquellos monstruos huyeron espantados.4 “De tu templo no quedará piedra sobre piedra”
La mortalidad fue espantosa durante toda la duración del sitio. El historiador Josefo supo por un tránsfuga que con los fondos de la ciudad se pagaron hasta seiscientos mil funerales. En dos meses y medio, por una sola puerta salieron ciento dieciséis mil cadáveres. Al fin del sitio, se arrojaban los cadáveres desde las alturas de Sion y de los pórticos del templo sobre las pendientes que bajan al valle. Al ver aquellas montañas de cuerpos putrefactos, Tito levantó las manos al cielo poniendo a Dios por testigo de que él no era responsable de tales desgracias. Por primera vez cesó el sacrificio de la mañana y de la tarde: no se encontró un solo cordero para inmolarlo; desapareciendo el holocausto figurativo, el templo no tenía ya razón de ser. El ejército romano consiguió penetrar en el vasto recinto del edificio sagrado que los celadores defendieron atrio por atrio con la energía de la desesperación. Furiosos por una resistencia que les costaba millares de hombres, los romanos avanzaron por medio de los cadáveres, resueltos a incendiar el templo, pero Tito se opuso pues le parecía un acto de sacrílega barbarie la destrucción de aquel monumento incomparable. De repente, a pesar de las órdenes de su jefe, un legionario suspendido en los hombros de sus compañeros, arroja un tizón encendido en los departamentos que rodeaban el santuario, la llama se comunica al techo de cedro, los judíos lanzan gritos espantosos, Tito ordena apagar el fuego, pero los soldados no obedecen. Amontonan en la puerta principal azufre, betún y todas las materias inflamables que pueden encontrar; y mientras el templo se derrumba, degüellan sin piedad a los millares de judíos refugiados en los atrios.5 Dueño bien pronto del monte Sión, donde se habían asilado los últimos rebeldes, Tito hizo arrasar lo que quedaba del templo y de la ciudad, salvo las tres torres de Herodes que se levantaban aisladas en medio de aquel desierto, como para atestiguar que allí existió una ciudad que se llamó Jerusalén. “Parecía —dice el historiador Josefo— que aquel suelo no hubiera sido habitado jamás”. La profecía de Jesús estaba cumplida: “No serás más que un desierto, y de tu templo no quedará piedra sobre piedra”.6 Dios Omnipotente vindica la Preciosísima Sangre de su Hijo Un millón y cien mil judíos perecieron durante el sitio. Cien mil prisioneros cayeron en manos del vencedor, de los cuales la mayor parte fueron puestos en almoneda como esclavos. Ellos habían vendido a Jesús en treinta dineros; los romanos vendían treinta judíos por un dinero. Tito escogió setecientos de los más jóvenes y vigorosos, figurando entre estos Juan y Simón, los dos jefes de los rebeldes para adornar su séquito el día de su entrada triunfal en Roma. Se les vio desfilar en el cortejo, llevando sobre andas los despojos de su templo, la mesa de los panes de la proposición, el candelero de siete brazos, el libro de la Ley, en pos de todo lo cual se destacaba la estatua de la victoria. Tito subió al Capitolio, mientras que los verdugos estrangulaban a Juan en la prisión Mamertina y crucificaban a Simón después de haberle flagelado.
El emperador hizo acuñar una medalla conmemorativa de aquel grande acontecimiento. En el reverso se ve una mujer desolada con manto de duelo, sentada a la sombra de una palmera, reposando en la mano su cabeza: es la Judea cautiva, dice la inscripción, Judæa capta; es la triste Jerusalén, en adelante sin rey, sin sacerdote, sin sacrificio, sin altar. Tal fue la espantosa suerte de Jerusalén. “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”, clamaba el pueblo durante la Pasión. Dios les oyó y vengó la sangre de su Hijo. No se equivocaba Tito cuando, al contemplar las murallas y torres de la Jerusalén vencida, exclamó: “Hemos luchado con la ayuda especial de Dios, y Dios ha sido quien ha expulsado a los judíos de estas fortalezas: ¿qué máquinas y qué manos humanas, por fuertes que fueran, habrían bastado para tal empresa?”.7 Así se confirmaba la profecía de Daniel: “Después de sesenta y nueve semanas, el Cristo será muerto, y el pueblo que le habrá renegado no será más su pueblo. Una nación con su príncipe a la cabeza, vendrá a destruir la ciudad y el santuario, y aquello será una desolación, una desolación sin fin. La abominación de la desolación estará en el templo, faltarán las víctimas, cesará el sacrificio, y la desolación durará hasta el fin de los siglos”.
1. Cf. Historias: I-III, Instituto Antonio de Nebrija, Madrid, 1948.
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