Vidas de Santos San Juan José de la Cruz

Un franciscano movido por el ímpetu de Trento

Vicario provincial de los alcantarinos o franciscanos descalzos en Italia,
orden religiosa que bajo su dirección se expandió en dicha península. Dotado de dones como la bilocación, los milagros y el escrutar las conciencias, sostenía que sus profecías eran simplemente análisis que hacía por analogía.

Plinio María Solimeo

San Juan José de la Cruz nació el día de la Asunción del año 1654, en Isquia, en la isla del mismo nombre que formaba parte del reino de Nápoles. Sus padres, José Calosinto y Laura Gargiulo, eran nobles y acaudalados. El recién nacido fue bautizado el mismo día de su nacimiento con el nombre de Carlos Cayetano. De sus hermanos, cinco se consagraron al servicio de Dios.

Carlos recibió la educación básica y los fundamentos de la fe cristiana en el colegio de los agustinos de su ciudad, y desde muy temprana edad se distinguió por su piedad precoz. Tenía una maravillosa inclinación por el silencio, el retiro y la oración. Siendo aún pequeño, eligió una habitación en el rincón más apartado de su casa, colocó en ella un pequeño altar en honor a la Santísima Virgen y permanecía allí la mayor parte del día.

Adolescencia pura e inocente

La isla de Isquia en el golfo de Nápoles

De adolescente, dedicaba su tiempo al estudio y a los ejercicios piadosos. Devoto de la cruz de Cristo, dormía en una cama estrecha y dura, ayunando en determinados días de la semana. Mortificaba con frecuencia su carne y, a pesar de su nacimiento, su posición social y las protestas de su padre, vestía con modestia para combatir el orgullo.

Su horror al pecado era igual a su amor por la virtud, por lo que se mantuvo puro desde que alcanzó el uso de la razón. El ocio, la frivolidad, la vanidad y la falsedad, incluso en asuntos triviales, eran censurados por él como defectos severamente reprensibles.

Carlos rebosaba de ternura hacia los pobres, reservándoles la mejor parte de su comida y las propinas que recibía.

La santidad de su infancia le hizo merecer la gracia del llamado divino a un estado de santidad en la vida religiosa. Para saber dónde y cómo consagrarse a Dios, redobló sus devociones y mortificaciones ordinarias, rezó una novena al Espíritu Santo y recurrió a su Madre Celestial. Y fue escuchado.

Reforma de san Pedro de Alcántara

Sucedió entonces que el renombrado siervo de Dios, fray Juan de San Bernardo, franciscano español descalzo —es decir, de la reforma de san Pedro de Alcántara—, llegó al país con el fin de establecer su orden religiosa en el reino de Nápoles. El austero hábito y el comportamiento devoto de este santo hombre y sus compañeros conquistaron el corazón de Carlos, que se unió a ellos a los 16 años de edad, siendo el primer italiano en ingresar a esta reforma.

En el convento adoptó el nombre de Juan José de la Cruz. En la fiesta de san Juan Bautista de 1671 terminó su noviciado y pronunció los votos solemnes, tomando como modelos a san Francisco de Asís y san Pedro de Alcántara.

Sus progresos fueron tan rápidos que, con poco más de 19 años, sus superiores lo enviaron a dirigir un convento en Piedimonte d’Alife, junto a los montes Apeninos. Fue también el más joven de los doce frailes que, el 15 de julio de 1674, asumieron la dirección del Santuario de Santa María de Occorrevole, junto al cual construyeron un convento.

Vista panorámica de la isla de Isquia donde nació el santo franciscano descalzo Juan José de la Cruz

En obediencia al deseo expreso de su superior, fray Juan recibió la dignidad del sacerdocio y fue designado para atender confesiones. Pronto los superiores se sorprendieron al constatar su ciencia teológica y su experiencia en la vida espiritual, que había adquirido en la escuela de san Buenaventura, santo Tomás de Aquino, santa Teresa de Ávila y en la contemplación de Jesús crucificado.

Llevado por un ardiente amor a la cruz, cuyos tesoros descubría a medida que avanzaba en la dignidad y las funciones del sagrado ministerio, decidió establecerse en soledad en el bosque junto a su convento, donde a la manera de los antiguos Padres del Desierto pudiera dedicarse por completo a la oración y la penitencia.

Allí construyó una celda junto a una fuente cuyas aguas tenían la propiedad de curar a los enfermos. Poco a poco erigió una pequeña iglesia y, a su alrededor, cinco pequeños eremitorios, donde renovaba con sus compañeros la vida austera y elevada de los antiguos anacoretas.

Director espiritual de religiosos

Mientras tanto, conscientes del rico tesoro que poseían en nuestro santo, al cumplir este los 24 años de edad, los superiores lo eligieron como maestro de novicios. En este nuevo cargo, lejos de permitirse la menor dispensa, era el primero en dar ejemplo de una escrupulosa observancia de las reglas, asiduidad en el coro, constancia en el silencio y en la oración. Inculcaba en los novicios un ardiente amor a Nuestro Señor Jesucristo y un gran deseo de imitarlo. Esto debía coronarse con una tierna y filial devoción a la Santísima Virgen.

Poco después, fray Juan fue elegido guardián o superior del convento de Piedimonte. En este cargo exigía a sus súbditos el mayor silencio, profundo recogimiento y sumisión a las órdenes de los superiores. Quería que recitaran el Oficio Divino con toda atención y solemnidad, por respeto y alabanza a Nuestro Señor.

Pero fue en relación con los enfermos donde más se manifestó su caridad. Solía visitarlos con una asiduidad inquebrantable, satisfaciendo todas sus necesidades.

Torre del Santuario de Santa María de Occorrevole y la Ermita de la Soledad, en Piedimonte d’Alife, en las estribaciones de los montes Apeninos, donde fray Juan José ocupó los más variados cargos monásticos

Por otra parte, a pesar del cargo que ocupaba, fray Juan no rehuía las tareas de la cocina ni el transporte de leña y agua para las necesidades del convento. También ordenó que ningún mendigo fuera despachado sin ser atendido. En tiempos de escasez les daba su propia ración, e incluso la de la comunidad, confiando en la Providencia para la subsistencia de sus monjes.

En aquella época, los religiosos de san Pedro de Alcántara de España tuvieron una disensión con los de Italia y obtuvieron de la Santa Sede la autorización para separarse. Los cardenales pensaron entonces en suprimir la rama italiana. Los frailes italianos recurrieron entonces a nuestro santo para que les socorriera. San Juan José defendió tan bien su causa ante el Sumo Pontífice, que consiguió que durante una congregación celebrada en 1702, los cardenales y obispos cambiaran de opinión. De tal manera que, al día siguiente de la fiesta de santo Tomás apóstol, se emitió un decreto por el que la orden religiosa establecida en Italia se convertía en provincia.

Custodio vigilante de la castidad

La caridad más ardiente inflamaba su corazón, hasta el punto de reflejarse en sus rasgos con un brillo sobrehumano y celestial. Repetía con santa Teresa: “Aunque no hubiera cielo ni infierno, desearía amar a Dios, que es un Padre que merece nuestro amor”. O “Amemos a nuestro Señor, amémoslo verdadera y realmente, porque el amor de Dios es un gran tesoro. Bienaventurado el que ama a Dios”.

Veneración de la imagen de san Juan José de la Cruz en Isquia el día de su fiesta

Pero fue en su vigilancia de la castidad donde nuestro santo se distinguió más. Sus mortificaciones incesantes, su extrema modestia y su permanente vigilancia sobre todos los sentidos lo preservaron del más mínimo soplo de contaminación. Nunca, durante sus 60 años de vida religiosa, fijó la mirada en el rostro de una mujer. Cada palabra y cada acción suya indicaban pureza e inspiraban amor a dicha virtud.

Dotado del don de los milagros, san Juan José trataba de ocultar o disimular este don, así como el de profecía. Por eso atribuía los milagros que realizaba a la fe de los enfermos y a la intercesión de los santos.

Tampoco era raro que recomendara a quienes recurrían a su intercesión que tomaran algún medicamento para que la curación pudiera atribuirse al medicamento y no al santo.

Asimismo, poseía los dones de bilocación, lectura de corazones y levitación. Fue visto atravesando las calles de Nápoles en el aire, con los pies separados del suelo, en completo éxtasis. Nuestra Señora y el Niño Jesús se le aparecían y, según se dice, obró la resurrección del marqués Espada Gennaro, hecho del que no tenemos más detalles.

En cuanto a sus profecías, que eran numerosas, afirmaba que solo juzgaba los hechos por analogía y por experiencia.

Provincial de la rama italiana

Iglesia de Santa Lucía Virgen al Monte, en Nápoles, donde falleció nuestro santo

En 1702, fray Juan José de la Cruz fue nombrado vicario provincial de la reforma de san Pedro de Alcántara en Italia. Bajo su firme dirección, la orden se expandió de norte a sur por todo el país, creciendo en santidad. Esta fama llegó a la Santa Sede y condujo a la reunificación de las dos ramas de los alcantarinos, la española y la italiana.

Como provincial, el santo abrió muchas casas en Nápoles, atrayendo a más de 200 religiosos a la observancia.

Terminado su mandato, el arzobispo Francisco Pignatelli lo convocó para dirigir 73 monasterios y predicar retiros en Nápoles. Recibió una tarea similar del cardenal Innico Caracciolo en la diócesis de Aversa. Varias personas ilustres del clero lo buscaban para pedirle consejo. También acudieron a él san Francisco de Jerónimo y san Alfonso María de Ligorio.

En 1722, los religiosos franciscanos de la observancia regresaron al monasterio de Santa Lucía, en Nápoles. Fue allí donde el santo se retiró durante doce años, hasta el final de sus días, para la edificación de sus hermanos de hábito.

Poseedor de la virtud de la fe en altísimo grado, de ella brotaba como de una fuente un gran celo por instruir a los ignorantes en los misterios de la religión; así como la fuerza, el fervor y la prodigiosa claridad con que exponía los sublimes dogmas de la Trinidad, la Encarnación, la predestinación y la gracia. También poseía el don de calmar las aprensiones y apaciguar las dudas relativas a la fe. El mismo espíritu de caridad que le hacía asumir las enfermedades de los demás, le llevaba también a hacerse cargo de sus penas espirituales.

“Estoy en la bienaventuranza”

El viernes 5 de marzo era un día todavía libre en el calendario litúrgico, como si se hubiera dejado a propósito para él. De hecho, en ese día del año 1734, san Juan José de la Cruz falleció a los 80 años de edad.

Se cuenta que, en el mismo instante de su muerte, el duque de Monte-Lione, que se encontraba en su casa, vio aparecer al padre Juan José envuelto en luz, quien le dijo: “Estoy en la bienaventuranza”.

San Juan José de la Cruz fue beatificado en 1789 y canonizado por el papa Gregorio XVI en 1839. Sus reliquias fueron trasladadas al convento franciscano de la isla de Isquia, donde nació y es venerado al día de hoy.

El convento de San Antonio en Isquia, donde se conserva la urna los restos mortales de san Juan José de la Cruz

 

Fuentes.-

Santos franciscanos para cada día, Ed. Porziuncola in https://franciscanos.org.br/carisma/calendario/sao-joao-jose-da-cruz; Lawrence Hess, St. John Joseph of the Cross, The Catholic Encyclopedia, CDR edition; Alban Butler, Vidas de los Santos in https://sanctoral.com/es/santoral/san_juan_jose_de_la_cruz.html.

El triunfo de Jesús en la conquista del mundo ¿La fecha de la muerte de una persona es la de su resurrección?
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Tesoros de la Fe N°291 marzo 2026


“Tened confianza, Yo vencí al mundo”
Palabras del Director Nº 291 – Marzo de 2026 Vivo sin vivir en mí El despertar de un pueblo, en los confines de Europa El triunfo de Jesús en la conquista del mundo San Juan José de la Cruz ¿La fecha de la muerte de una persona es la de su resurrección? La completa infamia en contraste con la suma perfección Salus infirmorum



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