Tema del mes Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores

Extractos de los últimos dos capítulos de la célebre obra
“Jesucristo: su Vida, su Pasión y su Triunfo”, del afamado redentorista francés

R. P. Augustin Berthe, C.Ss.R.

Roma reinaba entonces en el universo y Satanás reinaba en Roma. Bajo el nombre de Júpiter, de Mercurio, de Apolo, de Venus, de una infinidad de dioses y diosas, se hacía adorar en toda Europa. Tenía sus templos, sus altares, sus sacrificios, sus fiestas, sus juegos solemnes en que a veces diez mil gladiadores se degollaban unos a otros entre los aplausos de cien mil espectadores.

Y para defender esta religión de sangre y lodo, Roma mostraba con orgullo sus legisladores, sus filósofos, sus poetas, sus sacerdotes, sus magos, sus arúspices, sus invencibles legiones y a la cabeza de todos, el emperador, dueño del mundo, pontífice y dios. Tal es el imperio que Jesucristo tiene que destruir, si quiere reinar sobre el universo.

Persecución y martirio de los primeros cristianos

Los paganos no podían ver a Jesús penetrar en aquel imperio sin lanzar bramidos de furor. Los idólatras juzgaban que todos los dioses debían ser tolerados menos el Dios de los cristianos, el cual pretendía tener derecho exclusivo a la adoración de los mortales. Aquel Cristo crucificado bajo Poncio Pilatos, enemigo de los dioses y de los hombres, no merecía más que el odio; sus sectarios, verdaderos ateos, no huían de los templos sino para reunirse en antros misteriosos donde se entregaban a espantosas orgías, a prácticas execrables en que degollaban a los niños para comer su carne y beber su sangre.

Estas infames acusaciones, y sobre todo esta monstruosa interpretación de la comunión eucarística, se esparcieron por el pueblo. Los cristianos fueron considerados como la broza del género humano, de lo cual se aprovechó Satanás para desencadenar contra ellos una persecución que debía durar tres siglos.

Nerón: el edicto de exterminio

El emperador Nerón reinaba entonces sobre el mundo envilecido. Después de haber teñido sus manos en la sangre de su padre, de su madre, de su esposa y de sus dos preceptores Burro y Séneca, este asesino miserable cometía diariamente crímenes sin número. Para darse un espectáculo grandioso, se le ocurrió un día poner fuego en los cuatro ángulos de Roma. Emisarios pagados a expensas suyas se encargaron de propagar el incendio en todos los cuarteles de la ciudad; y mientras las llamas la reducían a cenizas, mientras el pueblo lanzaba gritos de desesperación, Nerón, en traje de carácter, contemplaba desde la altura de una torre aquel océano de fuego, cantando versos al incendio de Troya.

Este atentado inaudito estuvo a punto de perderle, porque se le acusó de haber ordenado el incendio. A fin de calmar la revuelta popular, fingió buscar a los culpables.

Consultó a los adivinos, ofreció sacrificios a los dioses y finalmente, hizo saber al pueblo que los incendiarios no eran otros que los cristianos. Estos enemigos de los dioses y de los hombres habían puesto fuego a la ciudad para vengarse del desprecio de los romanos; pero Nerón se encargaría de infligirles el condigno castigo.

La última oración de los mártires cristianos, Jean-Léon Gérôme, 1883 – Óleo sobre tela, Museo Walters, Baltimore (EE. UU.)

Todos los cristianos fueron condenados a muerte tanto en Roma como en las provincias. “Los primeros que se declararon discípulos del Cristo —dice Tácito— fueron reducidos a prisión. Instruido el proceso, se descubrió todavía una multitud inmensa de cristianos que fueron condenados al suplicio, no tanto como incendiarios, cuanto como seres abominados por la raza humana. Su muerte se constituyó en espectáculo público. Se les vestía con pieles de animales y luego eran devorados por los perros. Se les crucificaba, se les untaba el cuerpo con pez, resina o cera, para convertirles en antorchas con que iluminar la noche. Nerón ofreció espectáculos de este género en los jardines del Vaticano. A la luz de estas lámparas vivientes, organizaba carreras como en un circo, ya conduciendo los carros, ya presidiendo las luchas”.

En todo el imperio los gobernadores recibieron la orden de ultimar a los cristianos y de prohibirles absolutamente la religión del Cristo. El magistrado leía a los acusados el decreto de exterminio: “No es permitido que haya cristianos – Christianos esse non licet”. Si el acusado respondía: “Soy cristiano – Christianus sum”, el magistrado le entregaba a los más atroces suplicios.

Durante cuatro años Nerón derramó a torrentes la sangre de los mártires, sangre de plebeyos, sangre de patricios, sangre de apóstoles. El año 67, Pedro, el Vicario de Cristo, fue crucificado como su maestro; Pablo, el apóstol de las gentes, fue decapitado. Un año después, Nerón, condenado por sus súbditos rebelados a ser azotado con varas hasta ultimarlo, huyó cobardemente de Roma y tomó un puñal para atravesarse el corazón. Como vacilara en dar el golpe, un esclavo le hundió el hierro en el pecho. Así desapareció el primer perseguidor de la Iglesia, el digno precursor del Anticristo. La ley de exterminio subsistió como ley del imperio; pero los sucesores del monstruo, Vespasiano y Tito, solo la aplicaron por excepción.

Los discípulos de Jesús esperaban ver el fin de sus males, cuando en el año 81, la muerte prematura de Tito dio el poder a su hermano Domiciano, émulo de Nerón. La sangre comenzó a correr de nuevo en toda la tierra. Perecieron entonces los mártires de Lutecia: Dionisio, Rústico y Eleuterio, con millares de víctimas. El apóstol Juan, llevado de Éfeso a Roma, fue sumergido en una caldera de aceite hirviendo de donde salió sano y salvo. Andrés, hermano de Simón Pedro, compareció delante del procónsul de Acaya, quien le intimó a sacrificar a los dioses so pena de ser crucificado. Andrés avanzó con paso firme hacia la cruz. “Yo te saludo —exclamó— ¡oh Cruz amable!, revestida de esplendor por el cuerpo de Jesús. ¡Bendita Cruz, tan largo tiempo deseada, tan ardientemente amada; por ti Jesús me ha rescatado, que por ti reciba Jesús a su siervo!”.

De la sangre de los mártires brota triunfante la Iglesia

Esta persecución duró quince años, hasta el día en que acabaron con el emperador como quien quiere verse libre de una hiena o de un tigre. Algunos oficiales de su palacio, viéndose amenazados de muerte, se arrojaron sobre él y le acribillaron a puñaladas. Era el año 96, al fin del primer siglo.

“Trigo soy de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo” (S. Ignacio de Antioquía)

¿Y la Iglesia? La Iglesia, ahogada en su sangre, apareció entonces —¡oh milagro de Cristo!— más numerosa y más fuerte que antes de Nerón y Domiciano. Para hacer frente a la ley de exterminio, Jesús había criado una raza inexterminable que se multiplicaba al compás de los golpes del verdugo. La fe, el amor, la invencible constancia de las víctimas, hizo nacer un entusiasmo nuevo, el entusiasmo del martirio. Niños, doncellas, ancianos, soldados, pedían a gritos el bautismo a fin de ofrecer su sangre a Jesucristo. En lugar de doce apóstoles, millares de sacerdotes y de obispos predicaban el Evangelio por toda la tierra, formando un número de cristianos diez veces mayor que el que los procónsules podían destruir; de manera que, al comenzar el siglo segundo, obligados a confesar el triunfo de Cristo, se preguntaban con ansiedad cómo dar cumplimiento a la ley que prohibía vivir a los cristianos.

En efecto, el año 112, Plinio el Joven, nombrado por Trajano gobernador de Bitinia, viendo al cristianismo arraigado en el Asia Menor y los templos de los dioses casi desiertos, puso en conocimiento del emperador el estado de las cosas, preguntando a la vez si debería aplicar la ley vigente de exterminio a aquella muchedumbre de cristianos de toda edad, condición y sexo. Temiendo despoblar el imperio y queriendo también ejercer un poder absoluto sobre los discípulos de Cristo, Trajano respondió: “que no se organizara pesquisa de cristianos, pero que si eran denunciados y rehusaban sacrificar a los dioses, debía aplicárseles la ley”. Este rescripto imperial que estuvo en vigor durante todo el siglo segundo, hizo mayor número de mártires que los edictos de Nerón y Domiciano.

“Tened confianza, yo he vencido al mundo”

Desde entonces, los cristianos, dejados a merced de los delatores, se vieron perseguidos por los sacerdotes, los filósofos, los judíos, los paganos fanáticos que, a la menor calamidad, no dejaban de denunciar a los discípulos de Cristo como la causa de todos los males. Además, el perdón acordado a los renegados, era un incentivo de apostasía que debía producir gran número de defecciones; pero Jesús velaba por los suyos. “El mundo os tendrá bajo el lagar —había dicho Él— pero estad tranquilos, yo he vencido al mundo”.

Aumentan las persecuciones, triunfa el cristianismo

Trajano, el tercer perseguidor de los cristianos (98-117), no cesó de ensangrentar a Roma y al imperio. En su tiempo fueron martirizados, sin contar millares no conocidos, el Papa san Clemente, el obispo de Jerusalén san Simeón, los santos Nereo y Aquileo y hasta miembros de la familia imperial como Flavia Domitila, que fue quemada viva con sus dos criadas. No perdonó ni al patriarca del episcopado, Ignacio, el santo obispo de Antioquía. Cargado de cadenas, Ignacio fue conducido a Roma para ser entregado a las, fieras. Obispos y fieles multiplicaban sus esfuerzos para libertarle del suplicio, pero él les rogaba que no le arrebatasen su corona. “Ni las llamas, ni la cruz, ni los dientes del león, me causan miedo, decía, con tal que llegue a Jesucristo”. Desde el medio del anfiteatro, oyendo rugir a las bestias feroces que iban a devorarlo, exclamaba: “Trigo soy de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo”. Y a semejanza del santo anciano, legiones de héroes desafiaban los suplicios por amor de Jesucristo.

Cristo Pantocrátor [del griego pan (todo) y kratos (poder)], 1170 – Mosaico de estilo bizantino, ábside de la catedral de Cefalú, Sicilia

El número de mártires aumenta la expansión de la Iglesia

A Trajano sucedió el emperador Adriano (117-136), gran amigo de los dioses y gran constructor de templos. Con tal amo, los delatores estuvieron a sus anchas; Adriano figura con justicia en el número de los más crueles perseguidores. Un levantamiento de los judíos le dio ocasión para devastar por segunda vez la Judea y profanar todos los lugares santificados por el divino Salvador. Una estatua de Venus fue colocada en la cumbre del Calvario, el ídolo de Júpiter se levantó sobre el Santo Sepulcro. Consultando un día a los dioses, le respondieron: que los oráculos permanecerían mudos mientras la cristiana Sinforosa y sus siete hijos rehusaran sacrificar a las divinidades del imperio. Al instante, el tirano hizo degollar a aquellos nuevos macabeos y murió en seguida desesperado.

El sucesor de Adriano, Antonino (136-161), tenía bastante inteligencia para no creer en los dioses y bastante humanidad para economizar la sangre de sus súbditos; pero la ley quedaba siempre ley y las ejecuciones provocadas por los delatores seguían su curso. El escéptico Marco Aurelio (161-180) no creía sino en los magos y arúspices. Como este supuesto filósofo consultara los oráculos en tiempo de una invasión de bárbaros, se le respondió que, para que los dioses le fueran propicios, necesitaba exterminar a todos los impíos. Inmediatamente dio orden a los procónsules de condenar a muerte a los cristianos que se negaran a ofrecer incienso a los ídolos.

Y los discípulos de Cristo cayeron por hecatombes en todas las provincias del imperio. Entonces perecieron santa Felícitas y sus siete hijos; san Justino, el apologista; san Policarpo, el ilustre obispo de Esmirna; los mártires de Lyon, Fotino, Atala, Blandina y miles más.

Y el reino de Cristo se extendía siempre. Durante este segundo siglo, cuatro emperadores, armados con todas las fuerzas humanas, habían empleado cada uno veinte años en ahogar a los cristianos en su propia sangre y no obstante, la Iglesia crecía en proporciones increíbles en Europa, Asia y África. En el Asia Menor los discípulos de Cristo formaban la mayoría y a veces la totalidad de la población. La Iglesia tenía sus concilios, sus propiedades, sus escuelas, sus misioneros que llevaban el Evangelio más allá de los límites del imperio romano.

Tertuliano, sin temor de ser desmentido, pudo lanzar a los perseguidores esta afirmación por demás sorprendente: “Nosotros somos de ayer y llenamos ya vuestras ciudades, vuestras casas, vuestras plazas fuertes, vuestros municipios; los consejos, los campos, los palacios, el senado, el foro; solo os dejamos vuestros templos. Si nos separáramos de vosotros, quedaríais espantados de vuestra soledad; reinaría en vuestro imperio el silencio de la muerte”.

Intento de ahogar en sangre a los cristianos

Esta multiplicación milagrosa de los cristianos, puso a los emperadores del tercer siglo en la disyuntiva de dejarles en libertad o despoblar el imperio. Unos dejaron de perseguir; pero seis de entre ellos, Severo, Maximino, Decio, Valeriano, Aureliano y Diocleciano, juraron hacer triunfar a los dioses aunque fuera preciso levantar al pie de sus altares montañas de cadáveres.

En 202, Severo hizo tantas víctimas e inventó tan horribles suplicios, que los cristianos creyeron haber llegado a los días del Anticristo. En Lyon perecieron diecinueve mil cristianos con su obispo san Ireneo. En 235, el pastor Maximino hecho emperador, acometió a los discípulos de Cristo con tal furia, dice un historiador, que ninguna bestia feroz podría igualarle. Se ensañó especialmente en los jefes del rebaño. Durante sus tres años de reinado, hizo perecer a dos Papas y una multitud de obispos. Solo Dios sabe el número de mártires que entonces derramaron su sangre en Roma y en las provincias. En 249, el emperador Decio obligó a los cristianos, sin distinción de rango, edad ni sexo, a sacrificar en los templos bajo pena de ser torturados hasta la muerte. Se ponían a la vista de las víctimas las sillas ardientes, los garfios de acero; se les amenazaba con hogueras, con bestias feroces y se les dejaba la elección entre la apostasía o estos tres géneros de suplicios.

En la segunda mitad del tercer siglo, Valeriano (252-262) continuó las mortandades y entre sus víctimas se cuentan dos Papas, el diácono Lorenzo y el ilustre obispo Cipriano. En África, colocaban a los cristianos en largas filas y los soldados pasaban derribando las cabezas. Aureliano (270-275), hijo de una sacerdotisa del sol, se creyó obligado a ahogar en sangre a los que no adoraban a su dios-sol, sino a Aquel que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

En el Imperio Romano, 100 millones de cristianos

Diez años después, cuando Diocleciano llegó al imperio, se podría creer que tales carnicerías, repetidas cinco veces, no dejarían sobre la tierra sino muy pocos discípulos de Cristo, escapados como por acaso a la espada de los verdugos. Mas, en esta época, el palacio del emperador, la guardia pretoriana, las legiones, la administración, la magistratura, el senado, rebosaban de cristianos. La emperatriz Prisca y su hija Valeria habían recibido el bautismo. Los historiadores estiman en cien millones el número de fieles diseminados en todo el imperio al advenimiento de Diocleciano.

El emperador los toleró durante los dieciocho primeros años de su reinado y probablemente no los habría molestado jamás si un verdadero demonio, Maximiano, su colega, no le hubiera arrancado el infernal edicto calculado para hacer desaparecer, no solo a los cristianos, sino hasta el último vestigio del cristianismo. El edicto de 302 prescribía a todos los procónsules derribar las iglesias, quemar todos los libros de religión y entregar al suplicio a todo cristiano que rehusara la apostasía.

La ejecución comenzó en Nicomedia a los ojos del mismo emperador. Los pretorianos destruyeron la catedral; los oficiales y servidores de Diocleciano fueron degollados en su palacio.

Los jueces instalados en los templos, entregaron a los verdugos al obispo, los sacerdotes, sus parientes y servidumbre. Decapitaron a los nobles y a la gente del pueblo la arrojaron en masa a los pozos y a las hogueras. Antes que sacrificar a los dioses, los discípulos de Jesús se precipitaban ellos mismos a las llamas. No hubo más apóstatas en Nicomedia que la emperatriz y su hija. Degollaron durante diez años a todos los que no pudieron huir u ocultarse. Aquellos dos tiranos no perdonaron ni a sus mismos soldados en presencia del enemigo; por no haber querido tomar parte en un sacrificio pagano, Maximiano hizo diezmar primero y luego pasar a cuchillo a toda la legión tebana. Y ya, en su loco orgullo, hacían erigir dos columnas de mármol a Diocleciano-Júpiter, y a Maximiano-Hércules, por haber destruido el nombre cristiano, cuando el verdadero Dios echó por tierra a aquel Júpiter y a aquel Hércules. Víctima de un ataque cerebral, Diocleciano abdicó el trono y se dejó morir de hambre. Maximiano se estranguló, y como su digno hijo Majencio continuara en Roma la sangrienta tiranía de los perseguidores, Dios le derribó por medio de un milagro.

Constantino: Luchas y triunfo de la Iglesia

Un hombre providencial, Constantino, proclamado emperador por las legiones de la Galia, pasó los Alpes para combatir al tirano. Al llegar cerca del Tíber, rogaba al Dios verdadero, a quien aun no conocía, que le diera la victoria: un prodigio extraordinario cuyos detalles él mismo refiere, fue la respuesta a su oración.

La Visión de la Cruz, Taller de Rafael, 1520-24 – Pintura al fresco, Sala de Constantino, Palacio Apostólico, Ciudad del Vaticano

Declinaba el sol en el horizonte, cuando vio sobre el astro radiante una cruz luminosa y en ella esta inscripción: “In hoc signo vinces – Esta cruz te dará la victoria”. Sus soldados fueron testigos como él de la aparición. En la noche siguiente, mientras meditaba acerca de aquel extraño acontecimiento, se le apareció Jesús con el mismo signo y le ordenó grabarlo en los estandartes de todas las legiones, como una prenda cierta de la victoria. Constantino obedeció: el lábaro —estandarte de la cruz— se destacó sobre las águilas romanas y los soldados, confiando en aquel Dios que tan visiblemente les protegía, arrollaron en el primer encuentro a Majencio y a su ejército. Empujado hacia el Tíber, el tirano se ahogó en él con sus batallones. Constantino entró triunfante en Roma e hizo entrar con él a Cristo en medio de las aclamaciones del pueblo y del ejército.

Hecho ya cristiano, el emperador proclamó en un edicto solemne la libertad de la Iglesia, reedificó los templos destruidos, devolvió a los cristianos los bienes confiscados por los perseguidores y cubrió a Roma con magnificas basílicas en honor del Cristo Salvador, de sus apóstoles y de sus mártires. Además, para dejar al Dios de la Cruz la suprema dignidad real, le entregó la capital del mundo y como centro del imperio, edificó una nueva ciudad que llevó su nombre, Constantinopla. La Roma de los falsos dioses vino a ser desde entonces la Roma de Cristo; el trono de Simón Pedro reemplazó al trono de los césares; el estandarte de la cruz ondeó en la cima del Capitolio y cien millones de cristianos nacidos de la sangre de once millones de mártires, repitieron, para gloria de Jesús vencedor del mundo, la predicción de Cesarea: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

¡Venciste, galileo!

El infierno, sin embargo, no se dio por vencido. Un sobrino de Constantino, Juliano, cristiano en el nombre, pero pagano de espíritu y de corazón, subió al poder y apostató públicamente. Exaltó a los dioses y enriqueció sus templos, mientras que afectaba un soberano desprecio por “el galileo, el hijo del carpintero”. Los cristianos, tratados de ilotas, se vieron excluidos de todos los cargos, desterrados de las escuelas, despojados de sus bienes y ya comenzaban las ejecuciones sangrientas, cuando el apóstata aprendió a costa suya cuán terrible es hacer la guerra al Dios vivo.

Después de haber escrito mucho contra la divinidad de Jesucristo, Juliano anunció un día que iba a probar su tesis con un hecho irrefragable: la reconstrucción del templo de Jerusalén. Con esto, el mundo vería claramente que Jesús, al anunciar la ruina eterna del Sanedrín y de su templo, no era sino un falso profeta. Miles de obreros preparan los trozos de piedra y de mármol, se extraen los cimientos del antiguo edificio para echar las bases del nuevo.

Con la conversión de Recaredo, rey de los visigodos, desapareció el arrianismo en España

El año 363, una multitud inmensa se reunió en el Moria para asistir a la colocación de la primera piedra, y ya los obreros ponían manos a la obra, cuando de repente la tierra tiembla, trozos de roca saltan por el aire y aplastan a los asistentes, las casas vecinas caen con estrépito y los espectadores huyen en todas direcciones pisando sobre muertos y heridos. Al día siguiente los obreros vuelven al trabajo, mas he aquí que brotan de la tierra globos de fuego que reducen a ceniza hombres e instrumentos, a la vez que un ciclón pasando por la montaña, barre como si fueran pajas los enormes bloques reunidos para la construcción. En la noche siguiente, se dibuja en los aires una gran cruz de fuego.

Después de aquella formidable derrota, Juliano se fue a combatir a los persas, prometiéndose exterminar a los cristianos después de su victoria. Pero Dios seguía con la mirada a su enemigo. En lo más reñido del combate, una flecha disparada por una mano desconocida atravesó el corazón del apóstata y este lanzando hacia el cielo la sangre que a borbotones salía de su herida, exclamó en su furor insensato: “Vicisti, galilæe! – ¡Venciste, galileo!”.

La persecución de los herejes arrianos

Furioso con esta nueva derrota, el demonio suscitó contra Jesús la persecución de los arrianos. Arrio, el más pérfido de los heresiarcas, exaltaba a Cristo como la primera y la más perfecta de las criaturas, pero le negaba la naturaleza divina. Esta doctrina minaba al cristianismo por su base, pero él la presentaba con tanto artificio y sutileza, que encontró eco en gran número de espíritus.

Dios hizo surgir entonces una pléyade de grandes santos: Atanasio, Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Crisóstomo, Basilio y otros se levantaron para defender la fe cristiana. Pero no pudieron impedir que el arrianismo sedujera a los emperadores, obispos y fieles, hasta el punto que, al fin del siglo cuarto, hubo momentos en que el imperio pareció más arriano que cristiano.

Invasión del Imperio Romano por los bárbaros

Dios tenía, sin embargo, otros designios. Más allá de las fronteras romanas, en las vastas llanuras que se extienden desde el Rin al Volga y desde el Volga hasta las planicies del Asia, vivían innumerables tribus conocidas con el nombre de bárbaros. Estas hordas del desierto, salvajes y feroces, erraban como nómadas en sus inmensas selvas, dirigiendo codiciosas miradas a los bellos países del Occidente, delicias de los romanos. Hacia fines del cuarto siglo, aquellos pueblos se sacudieron súbitamente cual si el mismo Dios los pusiera en movimiento. Millones de hombres se precipitan como un torrente desbordado por todas las rutas del Occidente. Los hunos empujaban a los godos, los godos a los germanos y todos juntos inundaron el imperio cubriéndole, durante un siglo, de sangre y de ruinas.

El encuentro entre León Magno y Atila, Rafael Sanzio, 1514 – Pintura al fresco, Estancia de Eliodoro, Palacio Apostólico, Ciudad del Vaticano

Dios conducía hacia Roma a aquellos ejecutores de sus venganzas. Después de haber asolado a Italia, Alarico, rey de los godos, se encaminaba a la ciudad eterna. Un santo solitario le suplicó la perdonara. “No obro por mi voluntad, respondió el bárbaro; oigo sin cesar una voz que me grita al oído: Marcha, marcha, ve a saquear a Roma”. El año 410 entró en la ciudad de los Césares y la entregó a las llamas y al pillaje. Templos de los dioses, estatuas de los emperadores, palacios fastuosos, desaparecieron en el incendio.

Solo perdonó Alarico las basílicas cristianas y a los fieles que en ellas se habían refugiado. Así se cumplió la profecía del Apocalipsis: “¡Ha caído la gran Babilonia, embriagada con la sangre de los santos y de los mártires!”.

Dios utiliza a los bárbaros para flagelar al Imperio Romano

Y la invasión continuó durante un siglo devastando todo el imperio. El rey de los hunos, Atila, arrojó sobre la Galia a setecientos mil bárbaros. El huracán de hierro y de fuego sembró de ruinas su pasaje. Después de haber destruido setenta ciudades, Atila encontró en las puertas de Troyes al obispo san Lupo.

“¿Quién eres tú?”, preguntó el obispo.

“¡Soy el azote de Dios!”, respondió el bárbaro.

“Azote de Dios enviado para castigarnos —replicó el obispo—; ten cuidado de no hacer más de lo que Dios te ha permitido”.

Atila retrocedió ante san Lupo. El año siguiente se dirigía a Roma para saquearla de nuevo, cuando el Papa san León, revestido de los ornamentos pontificales, se presentó ante él y le obligó a volver atrás. Como los hunos preguntaron al indómito monarca por qué se había doblegado ante el pontífice, respondió:

“No es él quien me ha hecho renunciar al saqueo de Roma; mientras él me hablaba, un personaje de majestad sobrehumana se mantenía de pie al costado de ambos, sus ojos despedían rayos luminosos, tenía en su mano una espada desnuda; sus miradas terribles y su actitud amenazadora me obligaron a ceder a las súplicas del pontífice”.

El imperio se desplomaba por todas partes a los golpes de los bárbaros. Impotentes para defender sus provincias, los emperadores habían visto a los invasores establecerse en las Galias, en España y hasta en África. En 476, otro jefe de tribu, Odoacro, se apoderó de Rávena, depuso al último fantasma de emperador, tomó el título de rey de Italia y arrojó a la tumba el imperio de los Augustos y Nerones.

El esplendor de la cristiandad medieval

Sobre las ruinas del mundo pagano, Jesús va a levantar ahora su propio imperio. De todos estos elementos en fusión, vencidos y vencedores, romanos y bárbaros, nacerá la sociedad cristiana, la más bella después de la del cielo. La Iglesia, única de pie en medio de las ruinas, por medio de sus Papas, sus obispos, sus misioneros y sus monjes, domará a los bárbaros y los convertirá unos en pos de otros a la verdadera fe.

La nación de los francos fue la primera en caer a los pies de Jesús. Su rey, Clodoveo, vacilaba en reconocer al Dios que adoraba su esposa Clotilde: un milagro le decidió. En el combate de Tolbiac, sus tropas iban a ser destrozadas por los batallones enemigos: “Dios de Clotilde —exclamó el rey— dame la victoria y yo juro hacerme cristiano”. Al instante sus soldados toman la ofensiva y arrollan a sus adversarios. Clodoveo cumplió su palabra. El día de Navidad del año 496, recibió el bautismo con tres mil de sus guerreros y Francia vino a ser la hija primogénita de la Iglesia.

En los tres siglos siguientes, Jesús extendió sucesivamente su reino en Irlanda, Inglaterra, España, Alemania e Italia. El año 800, Carlomagno, el bárbaro cristianizado, tenía bajo su cetro una gran parte de la Europa la cual gobernaba, según él decía, no como soberano, sino como simple delegado del rey Jesús, el solo Dueño y Señor.

“¡Así en la Tierra como en el Cielo!”

El día de Navidad del año 800, Carlomagno, rodeado de su corte y de una multitud de obispos, oraba en Roma sobre la tumba de san Pedro. De repente, el Papa san León III se presenta ante el gran jefe de la cristiandad y le pone en la cabeza la corona imperial. Una prolongada aclamación resuena en la basílica del Vaticano: “¡Viva Carlos Augusto, el pacífico emperador de los romanos, coronado por el mismo Dios!”. El imperio cristiano tomaba el lugar del imperio pagano: Jesús, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, reinaba en el mundo vencido por Él.

El 25 de diciembre del año 800, el Papa san León III coronó a Carlomagno Emperador de los Romanos

La víspera de su crucifixión, antes de entrar al jardín de los Olivos, decía Jesús a sus apóstoles: “Tened confianza, yo he vencido al mundo”. Y después de ocho siglos transcurridos, ocho siglos de atroces persecuciones, a despecho de Satanás y de sus secuaces, Él había vencido realmente al mundo.

Reinaba sobre un inmenso imperio que se llamaba la cristiandad. Los reyes se prosternaban delante de aquel monarca supremo, las leyes tenían por base su Evangelio, los pueblos vivían de su vida, esforzándose en reproducir sus divinas virtudes. A partir de Constantino, durante mil años, la Europa se cubrió de iglesias y de monasterios donde resonaban perpetuamente las alabanzas de Cristo Salvador.

Bajo la inspiración de san Benito, santa Escolástica, san Bruno, santo Domingo, san Francisco y santa Clara se multiplicaban las órdenes religiosas, verdaderos seminarios de santos y de mártires consagrados en cuerpo y alma a la gloria de Aquel a quien amaban mil veces más que a sí mismos. Y todos los súbditos del Señor Jesús, reyes, caballeros, sacerdotes, religiosos, simples fieles, sabios o ignorantes, llenos de fe y de amor a pesar de sus pasiones, repetían la misma oración y trabajaban por idéntico fin. “¡Que venga tu reino —decían—; que tu nombre sea glorificado en el mundo entero, y que tu voluntad, oh Maestro divino, se cumpla en la tierra como en el cielo!”.

Cuando los musulmanes se lanzaron contra los fieles de Cristo amenazando exterminar la Iglesia de Dios, se encontraron por todas partes, en Francia, en España, en África, en Oriente, con los cruzados que durante largos siglos al grito de: “¡Dios lo quiere!”, derramaron su sangre por Jesucristo y acabaron por exterminar en Lepanto las hordas musulmanas.

Al mismo tiempo, legiones de celosos misioneros atravesaban en pos de Colón océanos desconocidos, para agregar al reino de Cristo los continentes recién descubiertos. Ya saludaban la aurora de aquel gran día en que, conforme a la predicción de Jesús, no habría en la tierra más que un solo rebaño y un solo pastor.

“La apostasía de las naciones”

Pero los cristianos olvidaban esta otra profecía del Salvador, a saber: que antes de su triunfo completo sobre sus enemigos y de su segundo advenimiento a la Tierra, las naciones cristianas pasarían también por una crisis más terrible que la persecución de los emperadores romanos.

¿Acaso no había dicho el Maestro la antevíspera de su muerte: “El mundo pasará por una tribulación como no se ha visto ni se verá jamás semejante. Dios abreviará su duración por amor a los elegidos, porque en ese tiempo se levantarán falsos cristos y falsos profetas que se servirán de prodigios fantásticos capaces de inducir en el error, si esto fuera posible, a los mismos elegidos” (Mt 24, 21)?

Comentando estas palabras del Salvador, san Pablo anunciaba a los primeros cristianos: “Un misterio de iniquidad se forma en la Iglesia de Dios” (2 Tes 2, 7). Es decir, herejías, cismas, sectas impías que conspirarían contra el Evangelio y la cruz de Jesús.

“Entonces estallará la apostasía de las naciones, aparecerá el hombre de pecado, el hijo de perdición, el gran adversario que se levantará por encima de todo lo que se llama Dios, hasta sentarse en el templo para hacerse adorar como el único Dios” (2 Tes 3, 4).

El triunfo final de Cristo

Esta será la venganza de Satanás, su último combate contra su vencedor, pero también su suprema derrota. “Con un soplo de su boca, Jesús exterminará al Anticristo” (2 Tes 2, 8), y todos los secuaces de este impío, testigos de su caída, reconocerán por fin al Hombre-Dios y le proclamarán Rey de reyes y Señor de señores.

La Toma de Jerusalén, 15 de julio de 1099, Émile Signol, 1847 – Óleo sobre lienzo, Museo Nacional del Palacio de Versalles

San Juan asistió, en una visión, a la victoria del triunfador. “Yo vi el cielo abierto —dice—, vi aparecer pronto al Fiel, al Verídico, al que juzga y combate con justicia. Sus ojos lanzaban llamas, su cabeza llevaba gran número de diademas, su ropa estaba teñida con su sangre: se llamaba el Verbo de Dios. De su boca salía una espada, la espada con que hiere a las naciones. En su ropaje se leían estas palabras: ‘Rey de reyes y Señor de señores’. Y vi entonces la bestia, el Anticristo, los reyes de la tierra y sus ejércitos reunidos para combatir al Verbo de Dios. Y la bestia fue cogida y con ella el falso profeta que había hecho prodigios en su presencia, prodigios de seducción que decidieron a los apóstatas a recibir la marca de la bestia y a adorarla. Ambos fueron precipitados vivos al estanque de fuego y azufre; sus ejércitos cayeron bajo la espada del vencedor” (Ap 19, 11-21); mientras que las milicias angélicas entonaban este canto de triunfo: “El reino del mundo ha pasado a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo” (Ap 11, 15).

Era la proclamación solemne del reinado de Cristo sobre todos los pueblos de la tierra. Despertados al estallido del trueno, iluminados por el Espíritu Santo, los pueblos reconocerán el poder soberano del Hijo único de Dios. Viendo a Jesús anonadar con un soplo de su boca a aquel Anticristo, a aquel rey de las naciones que habían tomado por su mesías, los judíos se estremecerán de horror ante el recuerdo de su deicidio, se darán en cuerpo y alma al Dios a quien crucificaron, llegando a ser los más ardientes propagadores de su reino. “Su reprobación —dice san Pablo— ocasionó la entrada de los gentiles en la fe: ¿qué efecto no producirá su llamamiento? Será aquello como una vida nueva, como una resurrección de entre los muertos” (Rom 11, 11-12).

Unidos por la misma fe y el mismo amor, los hombres llevarán el Evangelio a todos los pueblos. Todos caerán al pie de la cruz, adorarán a Aquel que ha dado su sangre por la salvación del mundo, y según la predicción del Maestro, no habrá en la tierra más que “un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16).

¿El teclado está acabando con la pluma? Madre del Buen Consejo de Asís
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¿El teclado está acabando con la pluma?



Tesoros de la Fe N°292 abril 2026


Una elevada y bella meditación para el tiempo pascual
Palabras del Director Nº 292 – Abril de 2026 El peor enemigo es el que oculta la verdad ¿El teclado está acabando con la pluma? Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores Madre del Buen Consejo de Asís Santa Liduvina de Schiedam Tres caras de la Revolución



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