Patrona de tu patria de este mundo, vela siempre por ella. Corresponde a su confianza, aun en el orden de la vida presente, amparándola en los terremotos y en las conmociones políticas. Extiende tu acción tutelar a las repúblicas jóvenes que la rodean y que te veneran también; de igual modo que a tu tierra natal, protégelas contra el espejismo de las utopías que llegan de nuestro viejo mundo, contra las revoluciones y las ilusiones de su propia juventud, contra las sectas condenadas que acabarían por sacudir hasta su fe siempre viva. Y, finalmente, Rosa amada del Señor, echa una sonrisa a toda la Iglesia, que hoy se siente arrebatada por tus celestiales encantos. A semejanza de ella, todos queremos correr en pos del olor de tus perfumes. Enséñanos a dejarnos ganar como tú por el rocío celestial. Enséñanos a responder a lo que, tomando la delantera, quiere de nosotros el divino escultor, el cual se te apareció un día entregando a la solicitud de los que ama los mármoles mejores de las virtudes, para que los pulan y los tallen con la ayuda de las lágrimas y del cincel de la penitencia. Y más que nada enséñanos la confianza y el amor. Dijiste tú que todo lo que obra el sol en la inmensidad del universo, haciendo brotar las flores y madurar los frutos, formando las perlas en el seno de los océanos y las piedras preciosas en los repliegues de las montañas, lo realizaba el Esposo en los espacios ilimitados de tu alma, produciendo en ella toda clase de riqueza, toda belleza, toda alegría, todo calor y toda vida. Logremos nosotros aprovecharnos, como tú, de la venida del sol de justicia a nuestras almas en el Sacramento de unión, no vivir más que de su luz bendita y exhalar el buen olor de Cristo en todas partes.
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¡Gloria a ti, Rosa bendita, del Perú radiante estrella, flor de los Cielos más bella que la flor de Jericó! |
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