Gary Isbell Los partidarios de la legalización de la marihuana prometieron una nueva era dorada fruto del aumento de los ingresos fiscales, la reducción de las ventas ilegales de droga y una mejora de la salud física y mental. Esta gran visión ha fracasado. Los resultados distan mucho de ser una victoria y se asemejan más a un lento descalabro. Este fracaso se basa en el peligroso mito de que el consumo de marihuana es un pasatiempo “inofensivo”. Una ironía deleznable La marihuana goza de una inmunidad especial frente al control del regulador. Mientras que los tratamientos contra el cáncer pueden retrasarse durante años en ser aplicados para garantizar su seguridad, se da por sentado que el cannabis “recreativo” es seguro. Los estados federados de los EE. UU. se apresuraron en abrir las compuertas al acceso legal sin la aprobación de la FDA (Food and Drug Administration), otorgando permisos incluso antes de que se redactara el protocolo respectivo. Sin embargo, esta narrativa de “bienestar natural” se está derrumbando rápidamente bajo el peso de las evidencias médicas. Surge, por ejemplo, el síndrome de hiperémesis cannabinoide (CHS), una nueva enfermedad que afecta a consumidores de todo el mundo. La misma hierba, a menudo recetada para aliviar las náuseas, ahora envía a los consumidores habituales a las emergencias de los hospitales con vómitos y dolores intensos e intratables. La afección puede causar insuficiencia renal, paro cardíaco e incluso la muerte. La mente en llamas Las implicancias para la salud mental son igual de graves. Investigaciones exhaustivas realizadas durante décadas en Estados Unidos y Europa han revelado una fuerte correlación entre el consumo de marihuana en la juventud y el desarrollo posterior de esquizofrenia. La revista British Journal of Psychiatry fue muy clara al respecto y concluyó que la marihuana es un “componente causal” en el desarrollo de la psicosis. El cannabis desencadena estos trastornos en cerebros naturalmente propensos a la psicosis. Sin embargo, a pesar de esta fuerte relación, 24 estados, Washington D.C. y tres territorios americanos han legalizado el cannabis para uso recreativo. Se ignoran la evidencia científica de los daños que causa en favor de las encuestas de opinión pública y la codiciada recaudación fiscal. No es la misma “hierba” de los sesenta Quizás la idea errónea más peligrosa es pensar que la marihuana actual es la misma sustancia que se fumaba en Woodstock. Esa época ya pasó. En los años sesenta, la mayor parte de la marihuana contenía menos del 5% de THC, el ingrediente químico activo que provoca el efecto psicoactivo. Hoy en día, los concentrados de alta potencia han disparado el contenido de THC a más del 80%, lo que afecta al cerebro como un tren desbocado. La triste realidad de la adicción
A medida que la legalización normaliza el consumo, muchas personas tienen la creencia generalizada e inquebrantable de que algo “natural” no puede causar adicción. Las estadísticas demuestran lo contrario: « Una de cada seis personas que comienzan a consumir marihuana antes de los 18 años de edad se vuelven adictas. « Uno de cada diez adultos que consumen la droga con frecuencia se vuelve adicto. El consumo diario de marihuana supera ahora al consumo diario de alcohol en los EE. UU., ya que casi 18 millones de estadounidenses fuman cada día. Este aumento ha provocado un incremento del trastorno por consumo de cannabis, que afecta a alrededor del 30% de los consumidores. Sus síntomas incluyen ansias, psicosis, trastornos del sueño, abstinencia, problemas de atención, memoria e incapacidad para aprender. La adicción también perjudica las relaciones, las carreras profesionales y las oportunidades educativas. Una adicción que se esconde tras una máscara de recreación destruye vidas. El invitado indeseado: la delincuencia La legalización de la marihuana también tiene un efecto corrosivo en la sociedad y el sistema legal. La esperanza de que la legalización redujera la delincuencia y los problemas sociales asociados al tráfico ilegal de drogas no se ha materializado. Solo en California, los cultivos ilegales de marihuana superan a los legales en una proporción de diez a uno. En Denver, Colorado, los vecindarios cercanos a los dispensarios de marihuana, tanto recreativos como medicinales, sufren las consecuencias. Un estudio reveló que las áreas cercanas a estos dispensarios experimentan un promedio de 85 % más de delitos contra la propiedad al año que las áreas sin ellos. Otro estudio de la Universidad de Colorado pintó un panorama aún más sombrío, al encontrar tasas de delincuencia hasta un 1452% más altas en los vecindarios con al menos un dispensario. En un periodo más amplio, de 2013 a 2018, los delitos violentos en el estado aumentaron un 36,5%, una estadística bastante desalentadora después de la legalización de 2012 en el estado. Una investigación de la Reserva Federal de Kansas City relaciona los dispensarios de marihuana con un aumento de dos dígitos en la indigencia, la adicción y los arrestos. El impacto en barrios locales de ciudades como Seattle y Vancouver demuestra que la proximidad a un dispensario de marihuana puede reducir el valor de las propiedades. Para empeorar la situación, se suma la experiencia sensorial no deseada: casi la mitad de los residentes de Nueva York, Portland y Seattle afirman que el inevitable olor a “zorrillo” se ha convertido en algo habitual en su vida. Un desastre económico y moral Para quienes defienden la legalización, lo más difícil de aceptar es el fracaso de su principal objetivo económico. No terminó con el mercado negro, al contrario, le ha dado un nuevo impulso. Al ampliar el número de consumidores y estrangular al mismo tiempo el suministro legal con regulaciones, la alternativa ilícita es ahora más atractiva que nunca. Las proyecciones sugieren que para 2026, el mercado negro seguirá acaparando el 60% de todas las ventas. El problema de la ilegalidad no se ha resuelto, solo se ha vuelto más complicado. De hecho, el efecto más preocupante es la rápida decadencia de la virtud. El consumo de marihuana está erosionando la autodisciplina, la responsabilidad y el juicio sensato, esenciales para sostener una sociedad libre y autónoma. Una nación obsesionada con el placer caerá inevitablemente en una espiral de decadencia.
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