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Plinio Corrêa de Oliveira
Tal era el grito que en los años 20 abría las puertas del Cielo y de la gloria eterna a muchos mártires durante la resistencia católica en México. Los mártires cristeros, que participaron heroicamente en tal resistencia, lo gritaban al ser fusilados por el régimen comunista contra el que luchaban: un régimen tiránico, que cerró las iglesias, persiguió a la religión católica y sembró la desgracia sobre la nación amada por la Virgen de Guadalupe. Luis Segura Vilchis (1903-27) —el joven de la fotografía— no fue sometido a juicio. Sin previo aviso, fue sacado de la cárcel para enfrentarse al pelotón de fusilamiento. Este joven también dio aquel glorioso grito, cuando fue alcanzado por los tiros de sus verdugos. Se le acusaba de conspirar contra la vida del impío dictador Álvaro Obregón. En la fotografía, vemos al prisionero caminando hacia el lugar de su ejecución, acompañado por un siniestro funcionario del régimen mexicano. Está sereno como si atravesara la nave de una iglesia después de recibir la Sagrada Comunión, que le proporcionaba la íntima unión eucarística con el Dios por quien, dentro de unos instantes, habría de morir. Puro, varonil, noblemente dueño de sí mismo, bien vestido, distinguido y visiblemente dotado de buena educación, este héroe puede considerarse legítimamente un modelo de joven católico: serio, generoso, lleno de fe y de valentía. Cuán fácil le habría sido emplear sus muchas cualidades de forma egoísta, construyendo para sí un estilo de vida cómodo, mediante una bella carrera. Le bastaba colaborar con el régimen ateo, igualitario y marxista que entonces oprimía a su patria o, al menos, no oponerse a él. Sin embargo, su conciencia católica rechazaba enérgicamente ese camino. Luis Segura se vinculó al movimiento cristero y, gracias a su vigorosa personalidad, a su fervor e inteligencia, pronto se convirtió en uno de sus impulsores. Testigos afirmaron que el joven mártir solo fue informado de su inminente ejecución cuando estaba siendo retirado de su celda. “Estoy listo”, respondió a sus asesinos que lo enviarían al Cielo. Segura tuvo que pasar junto al cadáver aún caliente del célebre padre Pro. En la fotografía, él está mirando hacia un punto a su derecha, donde yacía el cuerpo del famoso sacerdote jesuita, ejecutado minutos antes. Ante esta situación, Segura no muestra en sus facciones la menor tensión. No muestra ningún indicio de pánico o desaliento. Su expresión fisonómica permanece inmutable mientras contempla la dura realidad que se presenta tan cruelmente ante sus ojos. Él será la próxima víctima de la revolución comunista; y los comentaristas de la época confirman que no se observó ninguna alteración en su plácido semblante. Tal dominio de sí mismo solo puede resultar de una gracia extraordinaria para enfrentar el martirio y de una fuerza espiritual especial. Su alma era fuerte, porque se preparó mediante largos sufrimientos anteriores. A través de una ardua reflexión y meditación, encaró lo más trágico que le podría suceder. El hombre de nuestros días detesta prepararse para lo peor. Siempre prefiere soñar con lo mejor, imaginar una situación idílica para sí mismo, en la que le sucedan todas las cosas buenas, sin la interferencia de ningún mal. Actúa así para no verse obligado a reconocer la importancia del sufrimiento en lo que respecta a su propia santificación. ¿Cuál es la consecuencia? Cuando ocurre lo peor, el ánimo de la persona que huye del sufrimiento se derrumba. Al joven Segura no le sucedió eso. Estaba preparado para la realidad más cruel. —“Señores, ¡estoy listo!”, dijo Segura a sus verdugos, con arrogancia y mirando al cielo. Segundos después —¡y con qué seguridad!— entraba en otro Cielo, del que el nuestro es solo un símbolo. ¡Qué gloria la suya, al ser llevado por los ángeles ante el trono excelso de Dios para el verdadero encuentro con Cristo Rey —por quien acababa de ofrecer la vida terrena— y con María Santísima, que le sonrió dulcemente!
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